sábado, 16 de enero de 2016

De cuando fui a comer a Bogotá y otras vainas de los cosos, ¡cómo así!


Por alguna razón que ahora no se me ocurre cuál, Colombia se había escapado de mi turs.  Y es que mi relación con el sureño país tiene lazos fuertes por Lina y el Dr. Amor, con quienes conviví con-bebí harto mucho cuando viví en Madrid.  Sobre todo con Lina, mi roomate y wingwoman de muchas aventuras.  De ellos aprendí a tomar ron derecho, que la yuca no se tira, que el plátano macho también se come verde, a bailar salsa y vallenato y sobre todo, a que su comida es de-li-cio-sa.  Así que cuando mi jefecito en @segundamanomx me invitó a un agile-tur con nuestros primos de Bogotá y Santiago, la sangre de mi cuerpo se me fue al dedo gordo del pie derecho y en cuanto reaccioné dije tímidamente: ¡A huevo que voy!

Bogotá desde Monserrate <3

Viajamos al día siguiente de la posada del trabajo. Así que mi estómago aún crudeaba al llegar al aeropuerto.  Por eso comí en la sala de espera una sopita de pollo hasta que escuchamos nuestros nombres en el altavoz.  Corrimos a la sala de espera cuando ya todos los pasajeros habían abordado.  Para pasarme el susto me tomé mi primer cheve Club Colombia de mi corta y bebedora vida.

Al llegar a El Dorado, nuestro huésped me preguntó: ¿Y qué le gusta hacer cuando viaja? Comer y caminar hasta que se me baja la panza para volver a comer, contesté.  Así que nos llevó al restaurante Club Colombia, donde comí papas dulces, plátano frito, tiras de plátano con salsa de betabel, yuca,  dedos de yuca, tamalitos dulces, carne, crema agria y no recuerdo qué mas.  Por supuesto, brindamos con aguardiente y más cheve. Ah sí, y arepas de muchas variedades.  Pero lo que se ganó mi corazón fue el chicharrón.  Parecido al nuestro, pero tiene un cacho de puerquito pegado. Y como nos oyeron acento mexica / italianochilango nos trajeron una salsita como de pico de gallo con un poco de chile (ellos le dicen ají). 

Horrible foto para tan hermoso acontecimiento estomacal

Otro día nos llevaron a Usaquén y comí Ajiaco, una sopa de pollo con papa, maíz, aguacate, crema agria y alcaparras.  El caldito es espeso por lo que es una pequeña bomba nocturna.  Aún así, no pude evitar pedir de entrada tostones de platanito verde con guisos encima y claro, chicharrones. Y para el despance, aguardientico calientico con una escarcha de canela y azúcar.


La fama de que el café Colombiano es bueno, en realidad es un pinche chisme comparado a lo delicioso que es.  Mientras trabajaba y cada dos horas, pedía un café diferente: el Éxtasis, frío con una natita dulce y un poco de chocolate fue mi favorito para la tarde.  Y el tinto campesino, primo de nuestro café de olla, para medio día.  Probé además de litros y litros de espresso (bien amargo y cremoso).  Probé otros cafés más aventureros, con especias y otros cosos cuyo nombre no recuerdo, pero aún les lloro.

Estudiando en el blog de Luis Mulato y tomando un tinto campesino, snif

El domingo fue el único día que tuvimos para turistear y el smartwatch dijo que caminamos algo así como 210 kilómetros.  Tengo algunas fotitos para presumir:


Plazotota principal donde la gente alimenta a las palomas que cagan a Simón Bolívar el Libertador de las Américas. De una bocinota salían canciones de Diómedes Díaz y varios rolos bailaban en su hermosa ebriedad:



Pollita vaciladora y pechugona en el tianguis alimenticio que está en Monserrate.



En Bogotá, la Navidat es de foquitos verde, blanco y rojo y algunos aguardientes después me dio por gritar ¡Viva Hidalgo! ¡A coger gachupines! etcétera.  Las fotos son de Usaquén, algo así como su Coyoacán.

Bogotá se parece mucho al DF. Incluyendo los sorpresivos olores a miados, el tráfico pesadísimo, los OxxOxxo y los apachurrones en el metrobús (que allá se llama Transmetro y tiene vías más rápidas).  Pero también tiene sus vías arboladas y ciclo vías :)

En Bogotá, los nombres de la ciudad son números, lo cual siempre me parece de lo más insensible.  Sin embargo, hay un pueblito escondido en el centro que se llama la Candelaria donde sus calles, además de pequeñitas tienen nombres chéveres como Cara de Perro, la Toma Vieja, La Agonía y la del Suspiro.  Además de los techos de tejas rojas, el barrio tiene un toque hipster-cholombiano lleno de grafitis bien rechulos.


Monserrate es un cerro con una iglesia y hay teleférico y funicular para subir sin dejar el pulmón godín tirado y lleno de sangre.



Esta foto la tomé porque no dejo ser queretana y el museo de las gorditas de Botero tiene un patio con fuente y flores, muy parecidos a los de mi pueblito :')

Si quieren ver las gorditas de Botero y pinturas de Picasso, Miró, etc, busquen en google.

Tengo que volver a Bogotá y a toda Colombia.  Su comida e historia son bien ricas y los lugares hermosos. Pero sobre todo, está su gente que es sonriente, cálida, alegre y bailadora.  ¡Y ese acentico que quiero tener!


lunes, 4 de enero de 2016

Chilanga eres

Cuando tenía cinco o seis años vi las estrellas por primera vez. Ok, supongo que no fue realmente la primera vez, pero sí la primera que fui consciente de ver la bóveda celeste completa. La luz de la colonia brillaba por su ausencia y salí al jardín de casa de mi abuelita para comprobar su ausencia y, efectivamente, no había luz. Recuerdo que me recosté sobre el cofre del auto de mi papá y estiré los brazos a los lados. Estaba impresionada de ver tantas estrellas y las intentaba contar. Quizá no es muy sabido, pero nací en el Distrito Federal. Así que mi mamá nos acostaba temprano, salíamos a jugar a la calle poco y sólo mientras llegaba el atardecer. Cuando tenía diez años, nos fuimos a vivir a Guadalajara y a los veintisiete migré sola a Querétaro.

Ahora le llaman Ciudad de México. Ahora mi familia es mi maridaje y mis perros. Ahora, y desde hace tres meses, vivo en la CDMX aka el De-Efe aka Chilangolandia aka La Capital.

Pero tanto tiempo fuera me hizo provinciana. Me engento con facilidad (hace unas semanas tuve un mini ataque de ansiedad en la estación/centro comercial Buenavista), y reniego del ruido y del tráfico. Por eso, cuando decidí volver era imperativo vivir lo más cerca a mi trabajo. Así que nuestro depa está a 30 minutos caminando. Y cuando lo digo, la gente me mira como si el nuevo reglamento de tránsito no aplicara en mí. Uf, yo hago hora y media, ¡qué lujo! –Me contestan–, si salgo 15 minutos después ya no llego.

Me pregunto si para ganarme el título de chilanga debo de sufrir apachurrones en el metro, mentadas de madre en Insurgentes y comprar gorditas de nata en el Peri. Tampoco me alimento en esos puestos callejeros que venden amenazas intestinales en paquetes de 5 tacos por 20 varitos.

No sé si soy tramposa o hacker por elegir mis pies (y un poco la bici) como medio de transporte. A veces quisiera decir que soy una flaneur, una voyant. La realidad es que soy una mamoneur.




Salgo a las 7:30 am y veo a los vecinos que sacan a sus perros a mear. Los niños van enbufantados y sus papás los arrastran para que se apuren. Cruzo con ellos la primera glorieta, la que pasa por Legaria. En dos calles hay dos escuelas y un kinder. Ahí un señor pasa con sus dos hijas. Las niñas tienen unos 7 y 10 años, usan trenzas y llevan su mochila en la espalda. Los miro con escándalo: los tres van en bicicleta hacia Polanco. Yo también voy hacia allá y elijo un coche, de preferencia de un color chiclamino, con el cual jugar carreritas: a que yo llego primero a Ferrocarriles de Cuernavaca. Comienzan los depas de los judíos. Las niñas con sus faldas grises y largas y los niños con kipá esperan el transporte escolar de la mano de su diminuta madre, quien lleva el pelo cubierto. Por la tarde, esas mismas madres están en una estética sobre Homero (¿o es Horacio?) donde les peinan sus pelucas. A esa hora de la madrugada, esa misma estética está abierta y hace descuento en planchado de pelo. A veces, siempre y cuando las ecobicis lo permiten, agarro una en Ejército Nacional y bajo por la región más transparente y recorro toda la ciclovía del Ferrocarril hasta la entrada a Polanco. Pero casi prefiero caminar y descubrir un esqueleto colgando de un balcón, unos perros chinos que ladran o unos entacuchados en bicicleta con portafolio de piel colgado como si fuera morral. La gente va de prisa y no me voltean a ver. A veces ni siquiera los que van en coches lujosos que pasan por Horacio (¿o es Homero?) y que dan vueltas ilegales en su desesperación por llegar. A lo lejos ya se ven los edificios de Palmas y cruzo el periférico. Desde que comenzó el nuevo reglamento está lleno de policías y los coches respetan los pasos de zebra. Aún así, los claxonazos, arrancones, minibuses y taxistas se meten desafiando el sistema métrico decimal. Me detengo en un puesto de jugos y pido uno de mandarina; doce pesos mi chula, me dice el juguero. Dale un popote a la reinita, le dice a su achichincle. Cruzo con los demás godínez que acaban de bajar del camión. Ellas llevan falda y tacones y ellos traje o mínimo camisa y pantalón de vestir. Yo no he dejado mis converse, mezclilla y camiseta de los Foo. Entro a mi edificio y enseño la credencial al poli que ya me conoce pero la necesita ver para sentir que trabaja. Si llego 8:30 ya no hay lugar en el elevador, así que subo los cuatro pisos por las escaleras y llego desmayándome a trabajar. Tomo agua, aire y ya luego saludo. Mis compañeros se asombran de verme acalorada y sin suéter. Es que me vengo caminando, les vuelvo a decir. ¡Qué lujo! ¡Qué suerte!, etcétera.

  





Aún soy extranjera, extraterrestre... provinciana pues. Pero comienzo a entender porqué los chilangos aman tanto a esta ciudad en eterna construcción (y destrucción). Entiendo que el monstruo de concreto está en nosotros y como no cabemos, empujamos, pitamos, gritamos. Desde la ventana de mi oficina veo esa nata gris que nos da un cielo café entre los edificios llenos de godínez y sus cadenas de mails con pleitos de tupperware y cucarachas. En la noche, las miles de luces no nos dejan ver las estrellas en el cielo y por eso ahora las vemos en las avenidas. Hago escándalo ante el sorpresivo olor a mierda y miados. 

Pero hay algo que siento cuando camino y veo los edificios modernos, los que tienen siglos, los que recorrí durante mi infancia, los que son nuevos para mí. A veces me pregunto si eso que siento es algo azteca relacionado con morir para renacer. Si hay un encantamiento en los gritos de los marchantes ancestrales que aún resuenan en los que venden tamales, audífonos, chicles, gorditas, jugos, tenis, ropa, garnachas, tacos, MP3s con la última colección de rock en español o música de banda, que invitan a subirte al minubús, a bajarte del metro, a circularle más rápido y por acá. O será el encanto relacionado de lo extravagante.

Aunque lo más probable es que nací Chilanga y en Chilanga me convertiré.

 

  


domingo, 19 de julio de 2015

Acá nos tocó pistear: TJ

Sólo algunas cervecitas, le dije al Richar. Era miércoles y mi cuerpecito creía que eran las 10 de la noche y quería lechita, pan, OITNB en la tivi y a dormir. Pero en TJ el sol de las 8 de la brillaba con enjundia.  Si no salimos, nos vamos a dormir y entonces nunca nos adaptaremos al horario, le dije. (Pretexto #172 para alcoholizarme: jet-lag)

El Richar es mi maridaje, mi jusbando, mi morro, mi acá, mi nalguita apachurrada, mi editor de posts, mi cobija de huesos. El Richar fue el que dijo: Tijuana, Beibi.  Tijuana pues, así que apaga la pinche tivi de San DiegoDelYorchBuch. El Richar también es conocido como el yacallatecabróndejahablaralosdemás; bueno, sólo cuando se alcoholiza. Y yo tenía que hacer que me tirara rollo.

A la Sexta. Luis Humberto y el Chango100 nos habían dicho: La Estrella de este Belén está bajando por la Sexta. La Sexta y la Revu está en un montecito, en el que las ranflas despintadas pasan echando el mofle y se llevan pal infierno a los mugrientos de creiziais que se cruzan, de donde nunca quisieran haber salido. En ese montecito, el Richar y yo nos tomamos de la mano, cerramos los ojos, bajamos la jeta y rezamos:


Part güan: Cawamadancin


Con la bendición echada, entramos al Bar los Cuatro Amigos, nos sentamos en una periquera y pedimos una cawama de Tecate Laid para los dos. El barmanto nos miró feo.  Como con desprecio. Como con rencor. Como si por ser pinches sureños nuestros pesos valieran pipídevaka. Miré alrededor. El lugar estaba oscuro y las parejitas se hacían cuchicuchimua entre tragos de cawama. Cada quien con la suya personal de cada persona. Y nosotros contaminando al ambiente con vasos de plástico. Pinches sureños lusers, provincianos cargadores de basura. Pero nunca de los jamases volveríamos a regarla. La tktita se hizo agüita de jícama y ora sí, pedimos otras dos. (Pretexto #14 para alcoholizarme: a donde jueres haz lo que vieres).  

Los Cuatro Amigos es un pinche antro bien federal en el que hay dos cosas rescatables: la rocola y el tubo. La rockola está enrejada y tiene un anuncio en inglish: ONLY ONE DOLLARS BILLS, PLIS. De la rockola sale música de esa para la banda bien acá machina, rudezca, de la que escuchan los novios que no le presentas a las mamás: METAAAAAAAAL. Al tubo, las niñas bien le dicen “pol”. PolDancin, dicen. Es un deporte rudo, dicen. Y ponen fotos en el feis colgadas con las patotas abiertas y se arma el drama provinciano en que se pregunta si las mujeres debemos colgarnos de patas en los palos y colgarlas en el feis. Pero en TiYei no se pregunta nada y nos colgamos de los palos con nuestras cawamas.


- Tenemos que hablar, le dije al Richar apenas me bajé del tubo. Estaba envalentonada por la ovación que recibí de 2 de los 3 borrachines a los que su morra los dejó wachar y de la chinita que vendía cuyuls de hielera.
- Vámonos a otro antro, me contestó.



(ail be baq)

lunes, 13 de julio de 2015

Íbamos a Ensenada a comer, pero nos quedamos en Tijuana

¿Y a qué van a Tijuana? Me preguntaban aquellos que se enteraban de nuestro viaje. Pues a tragar, contestaba sobándome la panza.

Mi manera de viajar ha cambiado desde el 2001 cuando me hice adicta a agarrar la mochila y largarme. En aquellosh añosh era más pobre y menos sabia, por lo que me conformaba con ir al súper y comer jamón, pan y yogurt.  Guisaba mi pollito en los hostales y me daba el gusto de una cenita o dos.  Pero desde que mi maridaje y yo estamos juntos, nuestros viajes se convirtieron en comer tragar hasta sentir un calambre en el ombligo.

Por eso es que elegimos Ensenada; mi compi Anthony Bourdain nos habló maravillas de su cocina Baja Med, los vinos del Valle de Guadalupe y la cerveza artesanal. Pero el avión llegaba a Ti-yei, nos enamoramos de la city y Ensenada sólo tuvo un día de diez.  Como sea, esta es la lista de las mejores tragaderas del viaje.

1. Tortillas de harina con frijolitos y langosta (Puerto Nuevo)

El penúltimo día de viaje fuimos a Puerto Nuevo, un pueblito en el que lo único que hay son restaurantes de langosta; eso no nos molestó, ya que a eso íbamos. Los langosteros acosan a los turistas sólo mientras pasas por la banqueta de su negocio. Tienen prohibido perseguirte y los precios van de 15 a 17 dólares por 4 mitades de langosta, frijoles, arroz, tortillas de harina y margarita.
En la terraza del restaurante que elegimos estaba una pareja de güeros y una familia de old-gringos-mexicanos. Por las conversaciones con el mesero nos dimos cuenta que eran clientes frecuentes y eso nos hizo sentirnos optimistas sobre nuestra elección.  Primero llegó la tortilla de harina y los frijoles y como estábamos muertos de hambre, le entramos con gusto. Con la primera mordida casi lloro. Era el sabor de las tortillas de harina que mi abuelita Cuca hacía en su cocina y por la que mis primos y yo peleábamos por tener la primera. La memoria lengual está conectada directamente con el corazoncito, snif, y por eso está en primer lugar.  La langosta estaba buena (a secas) y pedí tortillas para llevar.

2. Crepas de limón en Le Pinche Francés (Ensenada)

El domingo llegamos a Ensenada sólo para enterarnos que el lunes y martes cierran todos los lugares de tragadera. Y aunque teníamos la panza llena de tacos capeados de pescado y camarón, tuvimos que resignarnos y salir a cenar. Elegí Le Pinche Francés de TripAdvisor, por la sopa de cebolla y el camioncito coqueto. Nuestro hotel estaba en el centro y tomamos un camión a las playas. Cuando llegamos, un morenazo con acento francés, quien era dueño y chef del lugar, nos guió por su menú. Pedimos vino tinto.  Llegó la sopa de cebolla con su panecito y el plato fuerte (Boeuf Bourguignon) carne con una salsa de vino o algo así, verduras y ahhh un gratinado de papa de-li-cio-so. Platicamos un poco con el chef, sobre Ensenada, México y Querétaro. Nos dijo que tenían ya dos años ahí, que le encantaba la vida tranquila y la cantidad de ingredientes y vinos que hay en la región. La plática estaba muy buena y nos ofreció unas crepas de limón. Estuve a punto de no aceptarlas; estábamos llenos.  Pero bueeeeno, que es un poquito de harina y agua para dos. Resulta que los limones en Baja no son tan verdes ni tan amargos como acá en el sur. Aún las recuerdo y lloro.  Estaban tan buenas, que ni foto les tomé.


3. Tostadas de erizo con almejas y salsa de cacahuate en La Guerrerense (Ensenada)

La Guerrerense es un puesto callejero de tostadas de mariscos que es mencionado en todas las guías de viaje, todos los videos, todos los programas, todos los folletos... bueno ya entendieron. Son famosísimas y a ella acuden los chefs más reconocidos del mundo, los artistas y los antojadizos desde las 10 de la mañana. Fuimos dos veces ya que la primera vez era tarde y ya no había tostadas especiales, esas ganadoras de premios. En esa ocasión estaba doña Sabina, la mera mera guerrerense en su huipil. Sonreía y atendía a todos los hambrientos (hay congestionamiento humano en esa esquina) con calma y amabilidad. En esa ocasión probé de ensalada de jaiba, pescado con mango y chile y alguna de pescado. Volvimos a desayunar al día siguiente (por fortuna no cerraba los lunes) y ahí sí le entramos con gusto a las especiales. Esta vez atendía el hijo, y un chamaquito de unos cinco años, que supongo que era su hijo, estaba necio en atender.  La guerrerense es un negocio familiar en la que sus dueños son felices viéndonos disfrutar su comida.  Entonces sí, le entré a todas esas cosas crudas y raras que antes me negaba a comer: erizo, cayo de hacha, almejas, caracol, ostiones sin hacerle el feo a los ceviches, el pulpo y otra vez, la jaiba que me gusta harto.

4. Desayuno nutritivo en Alma Verde (Tijuana)

El día que desayunamos en Alma Verde fue el único que nos levantamos temprano. Era viernes y nos dirigíamos al Creative Mornigs, que comenzaba a las 8:30 am. Durante el evento, nos dieron a probar fruta con yogurt, jugos y mini-chapatitas.  Una vez que terminó la conferencia decidimos quedarnos a desayunar y fue la mejor decisión del día (y eso que ese día nos cambiamos a un hotel con wifi chida y fuimos a la playa). Alma Verde tiene toda esta onda nutritiva, ingredientes frescos y orgánicos, semillas extrañas pero extraordinarias (maca, espirulina, turmeric, chia, etc), jugos extraídos en frío para evitar romper las fibras, aceites con grasas desaturadas, platos verycute y adornados con flores. Son de esas comidas sencillas pero deliciosas en las que el servicio y los sabores valen cada dólar de la cuenta.

5. Noodle Soup y hamburguesa de chanchito en Colectivo 9 (Tijuana)

Existen varios colectivos en Tijuana en los cuales se unen varios restaurantitos de autor, todo siguiendo la onda del consumo local, indie, BajaMed, adornitos vericul, petfrendli, musicallejerus-frendli. Este colectivo esta en la Revu y por eso acudimos un par de veces. Yo probé comida japonesa y mi maridaje le fue fiel a las hamburguesas con tocino, carnitas y salsa BBQ. Puedes acompañarlo con esas aguas de sabor mezclado como piña-fresa-albahaca o mejor, una cerveza artesanal. Me quedé con ganas de pedir otras cosas, pero ni modo.

Otras tragaderas que no están en el top-faiv pero las recordamos con cariño (y no quiero seguir escribiendo porque en mi casa sólo hay lechuga y queso y eso hace que mi pancita esté llorando)

Obviamente, en 10 días de viaje comimos mucho más.  De Ti-yei me sorprendió que supieran taaaan bien la birria y las carnitas. Ya sé, cómo viniendo de Guadalajara y de Querétaro ando comiendo eso. Pues qué les voy a decir, hasta comí alitas porque estaban a 20 x 67 pesos.  De madrugada, no le hicimos el feo a los burritos de hielera o a la chinita que vendía wuantonli. Por cuestiones del destino, comimos mucha pizza y sin duda, la de la playa estuvo deliciosa. En Tecate, nos sorprendieron las raciones. Primero creímos que era onda china esa de servir montañas de comida, pero no; el desayuno tradicional traía además de huevos, tortillas de harina y frijoles, papa hash brown y chilaquiles. Y el vazote de agua de Cebada.

Bueno, espero los lectores de este 3 veces H. Blog se hayan quedado con envidia y si no, no se pierdan el siguiente post que llevará por título: Sexo, Drogas y Banda Norteña: las aventuras de una provinciana por la Revu y la Cawila.

martes, 6 de enero de 2015

Asesina de Blogs

nolecuentes.com tiene sus horas contadas.  Mañana a estas horas no habrá más dicha URL ya que no pienso pagar el host. Todo está debidamente respaldado pero me da hueva computita crearle otro cachito de internetz. Además, soy fiel creyente del SAAS así que, ¿para qué complicarme con actualizaciones wordpressianas? 

Mis posts ya están en este 3 veces H. blog y, aunque algunos no se les subieron bien las fotos y no están debidamente identificados, lo bonito (es decir, las letras) ya están sobreviviendo por acá.

Iba a echarme un rollo existencial, pero está por terminarse la pila de Macorina MacFly.

Oh si, tengo una Mac. Cuánto has cambiado, Rosalinda :D

viernes, 19 de septiembre de 2014

Getting Married, Five Stars

¿En dónde comienza esta historia? Podría comenzar en un paseo por Tequisquiapan, cuando Ricardo vio un vestido de novia, entallado del pecho a los muslos, abierto a partir de las rodillas y con una cola de holanes hasta el piso. Me abrazó un poco más y, bajando una mano hacia mis caderas, me dijo al oído que ese vestido quería que usara cuando nos casáramos, para que todos se dieran cuenta que no andaba tan perdido. O tal vez cuando despertamos juntos por primera vez y sentí los brazos adoloridos por dormir abrazados toda la noche. O quizá cuando comencé a decirle Maridaje porque me enteré que es el término que se utiliza en los placeres tragatorios para hacer notar que los sabores son buenos por separado, pero que juntos se intensifican.

            La cosa es que hace dos semanas nos casamos por el civil, después de llevar poco más de cuatro años viviendo juntos. Muchos pensaban que ya estábamos casados y la noticia les sorprendió. Ya saben, nos hemos convertido en esa pareja de viejitos que se emocionan con el olor del café recién molido y siembran jitomates en maceta. Que todos los días pasean de la mano rumbo al parque donde nos soltamos sólo para recoger la caca de los hijos. Que pelean por tender mal la ropa y por quién lavará los trastes. Que se bañan juntos sólo para morderse sus partes más sensibles cuando el otro tiene la cara enjabonada y que prefieren gastar en viajes antes que reparaciones de la casa.

            Sé que estar casado es binario: Sí o No. Pero si hubiera una escala, nuestro nivel de matrimonio estaría por encima de Lilly y Marshall (highfive sin ni siquiera mirar con vuelta cachonda).

            Entonces, ¿para qué chingados casarse?

Hace dos años, antes de nuestra luna de miel número sabecuál que ocurrió en las Europas, intentamos casarnos. Pero somos huevones para el papeleo y nos rendimos apenas comenzamos. Pero el tema seguía ahí y los detalles planeacionales de la boda, así como los correos de Etsy Wedding, se asomaban de vez en cuando.  Entonces, una noche después del partido de fut de mi Maridaje, vi una publicidad del Gobierno que invitaba a los matrimonios colectivos: «Es hora de aventar el ramo».  La idea de Loyola de pagar la boda en el Parque Bicentenario nos pareció mucho mejor que cualquier taquiza, carne asada o brindis codo que se nos había ocurrido.

            Una semana después madrugamos en la seguridad social, en ayunas y desvelados, listos para los exámenes prenupciales. La dolorosa experiencia de casi 4 horas incluye unas fichas de turno a la Betelgeuse para pasar con el Dr. Varguitas quien le preguntó a Ricardo si tenía tatuajes y a mí si estaba embarazada. Varguitas concluyó de puro oído que no había impedimentos médicos para casarnos si es que los análisis de VIH y sífilis salían límpidos.  Y cómo olvidar a la doñita de los análisis que a las 10 a.m. nos quería regresar a casa por no traer más fichas. Al final, conseguimos las mentadas fichas y nos libramos de la enfermera en entrenamiento que le sacó un chorro de sangre —literal— a la mujer que puso el brazo antes que yo. Eso fue el lunes, el miércoles Ricardo fue por los análisis y con el permiso del Dr. Varguitas fuimos el jueves al registro a dejar los papeles, un día antes de que se venciera el programa de matrimonios colectivos. Se casan la siguiente semana, elijan el día, nos dijo el señor juez. Lo del Parque Bicentenario es sólo para la entrega del acta. Entonces a avisar a testigos y familia que la boda se adelantaba una semana.

          Coatl ha sido testigo desde el comienzo de nuestra relación, mejor amigocasihermano, cómplice de borracheras y libros. Así que el papel de testigo ya lo traía predestinado.  El otro testigo fue mi primo Beto y su esposa Aurora, otra pareja de viejos casados. Mi primo ha sido mucho tiempo mi amigo borracho-existencialista con quien disfruto enormidades platicar.  Placer que ahora, con Aurora y Ricardo, compartimos.

La semana de prometidos

El próximo viernes, le dijimos al señor juez después de haber consultado con los testigos por teléfono.  Entonces comenzó la última semana de amasiato en la que le cambié el nombre de Ricardo a Prometido y comenzaron los chistes internos relacionados con el matrimonio de «ya sé que te casas conmigo por mis panes/sexo/alcohol» y «si así va a ser, pa’ qué nos casamos», etcétera.

            Uno de los prerrequisitos queretanos para amarrarse es tomar unas charlas matrimoniales en un video de 20 minutos.  Ese sábado llegamos un poco antes de nuestra cita y nos metimos a la sala en la que vimos que ya había comenzado un video en que hablaban de cosas serias.  En dicho video una treintañera en vestido de bolitas nos explicó los derechos y obligaciones que se contraen, así como una repasadita a los valores con los que un buen matrimonio debe guiarse.  Al terminar, una señora del registro civil nos regañó por pasarnos antes, y por un momento pensé que nos iba a hacer repetir el video, pero no, sólo nos puso cara de fuchi y nos hizo revisar y firmar lo que después sería el acta matrimonial.

            Mis papás se apuntaron para venir desde Guadalajara, aunque mi hermana llegaría hasta el sábado. Así que empezamos a preparar «la boda».  Decidimos  invitar a la familia a una comida en Erlum. La anfitriona, una señora muy amable y sonriente, se alegró al saber que celebrábamos nuestra boda y aceptó hacernos unos menús especiales.  Además nos ofreció hacernos un pastel de novios.
           
¿Y los amigos? Pues a La Castellana, una cantina de mínimamalamuerte que se encuentra en la zona roja de Querétaro. Así que unos tres días antes hice la invitación en Facebook para que los compas apartaran la noche del viernes 29 de agosto.

            Nunca hubo stress pre-bodorrio. Si acaso, mis piernas sufrieron un poco cuando recorrimos el fresísimo centro comercial en la búsqueda de un cinturón azul marino para el ajuar de mi Prometido. Yo decidí ponerme un vestido chiapaneco que había comprado hacía apenas algunas semanas. Me retoqué los rayos morados y hasta ahí las preocupaciones de belleza. No hubo depilaciones, uñas postizas, sesiones de maquillaje o fotos, y ni siquiera nos preocupamos cuando la comida inició con inició con 12 invitados y terminó en 21.

            La última noche de amasiatos, Ricardo estaba haciendo croissant y yo me enojé un poco porque quería ir a nuestra «despedida de solteros», pero Ricardo me dijo que la Chiva estaba clausurada y el Pa’ mi chela también.  A las 10:30 que terminó, partimos a la Internacional y nos tomamos una cerveza llamada Tu Mero Mole, nada más ad hoc a la situación. Fue una «despedida» muy de nosotros, solos y platicando de las curiosas reacciones relacionadas con la noticia. A los dos nos parecía que la gente sobre reaccionaba un poco a la noticia de la boda. Como ya dije, somos una vieja pareja de casados y un papelito no cambia lo que somos y sentimos… ¿o sí? Estábamos a un día de averiguarlo.

The Wedding Day

El día de nuestra boda me desperté un poco antes que sonara la alarma: estaba un poco preocupada por el trabajo. Así que me bañé y fui a la oficina. Vi algunos pendientes y regresé a medio día. Mis papás ya estaban en casa, listos para cuando dijera ¡vámonos a casar! Ricardo estaba casi listo y guapísimo (había valido la pena la búsqueda del cinturón azul), y yo sólo tenía que maquillarme y vestirme. Habíamos acordado que mi Prometido se iría en nuestro coche para recoger a parte de su familia y yo me iría en el coche de mis papás. Nos veríamos en el registro civil.

            Llegué unos 25 minutos antes de las 2, la hora cero. Mi prometido y su familia llegaron faltando 15 y los testigos faltando unos 10.  Los del registro iban un poquito retrasados así que no había nervios. Cuando salió la pareja anterior, me dispuse a pasar y la misma señorita que nos regañó en las pláticas prematrimoniales nos regañó por no avisarle que ahí estábamos. No así el señor juez quien todo calmo y asertivo nos explicó cómo era el asunto. Nos sentó para que todos se acomodaran y después nos pusimos frente a su escritorio. 

            Ahí comenzó la ceremonia en la que habló de cosas que ya ni me acuerdo pero que en ese momento me parecieron muy emocionantes.  Es bueno saber que ya no se lee la epístola de Ocampo y que tampoco caen en cursilerías. Nuestro juez fue claro y nos miraba a los ojos mientras Cóatl nos fotografiaba. Mi papá hizo un chiste cuando firmó mi ahora Marido con la zurda y el juez, que también es zurdo, volvió a hacer el chiste cuando le tocó firmar a él.  Mi sobrino pedía besos y, con eso, se acabó la ceremonia.

            Decir que sí y estar tomados de la mano fue algo importante y que me hizo muy feliz. Más allá de costumbres, derechos y trámites, ese fue otro de esos momentos en mi vida en el que la alegría me toma de sorpresa. 
Genkidama

            Hace poco leí: Who we are and who we become depends, in part, on whom we love. Quiénes somos y en quién nos convertimos depende, en parte, de aquellos que amamos. Y en esa sala estaban algunas de las personas que más queremos y que son parte de nosotros.  Es quizá por esa cantidad de amor que la emoción fue tan intensa (como una Genkidama).

            En nuestra boda estuvieron quienes quisimos que estuvieran y les compartimos lo que somos, en lo que nos divertimos y lo que disfrutamos.  Por eso la comida en Erlum, uno de los mejores restaurantes del planeta, rompió madres. Nuestros papás y nosotros mismos dijimos algunas palabras y brindamos por estar ahí. Y lo que dijo mi Maridaje me sacó unas lagrimitas, snif.

            La comida se alargó hasta las 6 de la tarde y a las 7 teníamos el aniversario del círculo de lectura en el que participamos. Ricardo fue a entregar sus cuernitos y yo con mis papás a cambiar el boleto de autobús de mi tío. Llegamos tarde a la lectura, pero aún así alcanzamos a leer un fragmento de «El último poeta del universo», una novela sexosa a dos voces: una femenina y una masculina. Nunca pensé que dentro de las cosas que haría el día de nuestra boda sería leer en pareja, sin embargo, dado que los libros son una parte importante de nuestra relación, leer juntos fue algo natural y hermoso.



Durante el evento, Óscar, nuestro compa del círculo, mencionó unas 40 veces que recién nos habíamos casado y durante el vinito y los canapés de todo evento culturoso, nos dedicamos a contar cómo había sido todo.  El tiempo voló y hasta que sentí una llamada de Osvaldo, Mi supercompi que (no) venía desde Dolores, me enteré que ya teníamos que estar en la Castellana.

            ¿A nombre de quién estaba la reservación? ¿Reservación, en serio? Algunos puntuales sí llegaron a la hora pactada, preguntaron si ahí era nuestra boda y les dijeron que ya andaban ebrios, que nadie hace bodas en las cantinas de mínimamalamuerte. Aún sin conocerse, los amigos se vieron cara de amigos de los novios y apartaron tres mesas para la boda. Por fin llegamos y nos disculpamos con cubetas de cerveza.



            La Castellana es un bar grande y no muy concurrido. Yo descubrí el lugar y ha sido uno de los favoritos por la comida picosa y las cervezas baratas.  A mí me encantan los cuadros de Marilyn, el Piqué y Pedro Infante que cuelgan amontonados; la cocinera y el cantinero nos conocen y las meseras de minivestidos ajustados siempre son muy amables. Los amigos y las cervezas fueron llegando en bola. La mesa se hacía más larga y cada tanto volvíamos a platicar la historia de la boda.


 

            Algunos amigos invitaron cubetas y, como lo prometimos, nosotros compramos algunas más, por lo que el ambiente se mantuvo en una feliz borrachera. Incluso llegaron colados que nos felicitaron y todo. Coatl, en su papel de padrino, me compró un ramo de rosas de esos que venden los niños en cantinas. Así que juntamos a las autonombradas madrinas (traían vestidos similares sin ponerse de acuerdo) y demás viejerío en la pista de baile. Me subí a una silla y lo aventé. Y me reclamaron por aventarlo a la primera. Y como que le agarramos el gusto a eso de cumplir los ritos del matrimoño, porque no importó si aventé el ramo, necesitábamos víbora de la mar para ellas.  Puse en la rockola a mis Foo Fighters, con Long Road to Ruin y las jóvenes casamenteras (y no tanto) corrieron por toda la cantina.  Y para continuar el rito, elegimos The Love of my Life de Queen a pesar de no conocerla. Bailamos entre besos y apachurrones premeditados diciéndonos que esta es la mejor boda EVER. Pero los hombres querían su víbora de la mar, así que alguien consiguió una liga del pelo tipo diadema que me puse de liguero y con AC/DC se dedicaron a corretear por el lugar. En un momento pensé que nos correrían de tanto desmadre, pero no, la verdad es que hasta los no-invitados a la boda lo estaban disfrutando: se intentaron ligar a las madrinas y me felicitaban cuando iba al baño. Total que el rito del liguero con los dientes también se cumplió y mi Maridaje lo aventó a la bola de borrachos que lo disputaban.


 

            Después, las palabras del Padrino-Testigo Coatl, quien lleno de felicidad y emoción dijo algo que se resume en: los quiero un chingo. Entonces siguieron las cumbias y a las 3 de la mañana, nos corrieron. Algunos borrachos aún querían seguirla, pero después de encontrar dos bares cerrados y con la única opción de ir al Puerto, hice uso de mi nuevo estatus de Mujer Impositiva y dije que NEL.


            Al día siguiente llegó mi hermana con su familia y como ya es sabido cuando veo a mi Gabys, me dio sobrinitis y lo único que hago es jugar con la chamaca. El domingo volvimos a Erlum, para que mi hermana probara la deliciosa comida y después, regresaron a Guadalajara y nosotros al mercado semanal.

The Wedding Day II

Me voy temprano porque hoy me caso, dije en la oficina una semana después de la primera boda. ¿Otra veeez? Pues ya te gustó. Pues sí, ya me había gustado y la cuestión es que en ese programa de matrimonios colectivos, el mentado papelito lo dan en la ceremonia que preside el presidente municipal. Estaba lloviendo y no sabíamos muy bien cómo llegar, pero justo a las 4 me estaban entregando el ramo y el papelito.

            En el lugar había unas 932 parejas, o algo así, y sus invitados. Nos tocó un poco lejos, pero aún así alcanzamos a ver el protocolo de sí acepto de la pareja representativa: unos señores que llevan veintitantos años juntos y que hasta nietos tienen. Hubo más oficiales del gobierno diciendo cosas sobre Querétaro y el matrimonio y el compromiso de los queretanos y del gobierno. Nos repartieron tacos al vapor en cajita y mucho pastel. Rifaron una casa y no nos la sacamos. Una lavadora y tampoco. Un equipo de sonido, nein. Un colchón y nel. 200 persianas y menos. Bueno, captan la idea. Me consolé tomando fotos de los edificios históricos miniatura y volvimos a casa para cambiarnos los zapatos mojados. Buscamos borrachera con amigos y como no la encontramos, terminamos viendo series.


¿Qué se siente estar casada?

            Me preguntó mi papá mientras buscábamos estacionamiento en el centro. Se siente igual, respondí.

Casarnos merece un post en este abandonado blog porque fue un día muy muy feliz. Fue una boda que no esperaba porque nunca la planeé. Sabía que no quería el paquete de pleitos familiares políticos por invitar (o no) a sutanito. No quería el estilo de princesa ni el anillo ni la entrega paterna. No quería que decir que sí supusiera el comienzo de un cuento de hadas o el alineamiento y aprobación de los que siguen ese camino. Lo único que sabía es que quería ese papelito para que lograr lo que soñamos sea un poquito más fácil.

            Tener una vida con amor, pasión, compromiso, risas y todo lo bueno y no tan bueno que viene de estar en pareja, no es parte ni consecuencia de un rito. Es consecuencia de atreverse a ser vulnerable y amar a esa persona que te abraza al dormir.

            Si bien el título de este post pareciera invitar a que se casen, la verdad es que me vale madres lo que hagan y dejen de hacer; simplemente es un chiste privado entre mi Maridaje y yo.

Nota: Todas las fotos chidas las tomó Coatl :)

jueves, 12 de junio de 2014

Hoy comenzó el mundial y yo no estoy en Huatulco

Es una tradición, me dijo Ricardo en la cocina, todos los mundiales que hemos pasado juntos lo hemos hecho en la playa. Mira que cosa, le dije riendo. Apenas llevamos cuatro años juntos y sí, son “todos”. 

La inauguración de Sudáfrica la vimos a las 6 de la mañana en la televisión (no pantalla) de 14 pulgadas y antenas de conejo. Amamos ese hotel en Huatulco porque parecía sacado de una película de los cincuentas, con sus pequeños adoquines verdes, el baño con cemento y las toallas rasposas. Desde el pequeño acantilado de veían las palmeras y el mar.

Hoy amanecí ligeramente cruda. Ni tomé tanto, pero la cerveza era muy chafa. Estaba desvelada porque ayer ganó la selección de mi trabajo un torneo de futbol. Los chavos del equipo son parte de mi equipo y gritarle groserías al equipo contrario era mi obligación y placer. Ya iba tarde a la oficina cuando llegó el albañil con su presupuesto para la compostura de la casa. 15 mil pesos que tal vez sean 20 porque nunca falta que salga algo.

15 mil pesos y yo no estoy gastándomelos en Huatulco.

Estoy exhausta de las retroalimentaciones al equipo. Analizar las katas, revisar mis apuntes de cada uno, encontrar las palabras. Aprensión y emoción por lo que sigue. Entregué los documentos que odio hacer y cambié la fecha al que no pude terminar. Y ya voy tarde a la borrachera del open house de unos amigos de Ricardo. 

Voy tarde para la borrachera y estoy aquí escribiendo con 15 mil pesos por gastar y no son para gastármelos con mi Maridaje en Huatulco.

viernes, 23 de mayo de 2014

De cuando casi me quedo desmadrada

El domingo vinieron a visitarme mis papás. Sólo desayunamos, pues iban de pasada desde el DF hasta Guadalajara, donde aún viven. Fuimos a Tikua, un restaurant medio fresón en el centro y prácticamente hasta el final de la tragadera me acordé que unas tres semanas atrás operaron a mi mamá y casi me quedo desmadrada :’(

Fue horrible y acordarme me sacó la lagrimita otra vez: la operación era sencilla y lo fue: le sacaron una bolita de grasa de atrás de una oreja. La operación resultó bien y al día siguiente salió del hospital. Le llamé como a las 7 u 8 de la noche y me contestó mi abuelita. Ay hijita, tu mamá se puso mal, me dijo. Y al fondo, escuchaba unos gritos de dolor. Ya está acá tu papá, ya la está viendo. Me quedé helada y con un nudo en la panza. No entendía nada; no sabía qué estaba pasando y porqué mi mamá gritaba. Colgué para que pudieran atenderla. A los tres minutos le llamé a mi hermana. Ella vive a unas cuadras de su casa y le pedí que fuera a ver y me contara. Ella me aseguró que ya estaba bien, pero yo estaba asustadísima. Cuando llamé, mi mamá estaba teniendo un choque anafiliático. Mi papá es doctor y la estaba inyectando.

Unos diez minutos después me habló mi papá y me explicó que fue una reacción alérgica al antibiótico. Aunque mi mamá ya había tomado esa medicina antes, resulta que en cualquier momento se puede volver uno alérgico. Como una hora después me llamó mi mamá, ya podía hablar y me dijo que no me preocupara, que todo iba a estar bien. En un choque anafiliático, hay alergia en la piel e hinchazón en general y en caso de mi mamá se cerró la garganta y tuvo taquicardia. 

Cuando pasan este tipo de cosas me dan ganas de agarrar a mi Viejo y a mis perros y regresarme a vivir a Guadalajara. Pero esa no es la mujer que mi mamá crió. Mi mamá nos educó para partir y buscar nuestro camino. 

Desde chiquita, mi mamá quería ser maestra, pero mi abuelo no le parecía correcto. Estudió la Normal a pesar de la falta de apoyo y dinero. Desde los 19 trabajó como maestra de primaria en escuelas federales (antes no hacían prepa). Cuando yo tenía unos 12 años, obtuvo el grado de licenciada por la UPM. Trabajó incluso cuando sindicatos, directores de escuela huevones y padres de familia hijosdelachingada le quitaban las ganas. Lo suyo, era una verdadera pasión por enseñar y sacar adelante a los chavos. He visto cómo se encuentra a sus exalumnos y la saludan con cariño. Trabajó unos pocos años pasado su periodo de jubilación y ahora, junto a mi papá, ayuda a mi trabajadora hermana con la niña más inteligente y chula del planeta: mi sobrina.

Cuando me vine a vivir a Querétaro, mis papás estaba pasando por cosas gachas. Pero no permitieron que eso influyera en la forma que yo quería llevar mi vida. Como adultos, hay cosas que no nos toca más que mirar y arreglársela solo. Uno no puede ni debe hacer nada. 

Para mí, de eso se trata la familia: de quererse, apoyarse y respetar. Y chillar porque pos ni modo, a veces pasan cosas gachas.

jueves, 15 de mayo de 2014

Reseña: Inside No. 9

Hay días en que me quedo sin calzones limpios y otros días no riego a Livia Soprano, mi amada platita de albahaca. Pero lo que siempre hago religiosamente es ver series. Mi Maridaje tiene un estricto calendario de torrents y gracias a rasputina las miramos al comer y antes de dormir. Así que como hablar de lavado de calzones o riego de macetas es medio aburrido hablaré de una serie que me traumó: Inside No. 9.

Inside No. 9 es una serie inglesa que tiene una temporada con seis capítulos independientes no sólo de trama, sino también de género y manera de contar la historia. Lo único que tienen en común es que la historia dura MEDIA HORA y sucede dentro de un número 9: una casa, departamento o camerino. El espacio es cerrado y menos de media hora después lo único que uno puede decir es no.me.chin.gues.que.pu.tas.pa.só y así.

Los escritores de esta serie combinan el fino humor inglés, la perversión y los miedos que quisiéramos ocultar. El inicio del primer capítulo, Sardines, es un poco difícil de comprender. ¿Por qué una bola de adultos emperifollados juegan a las escondidas? ¿Cuáles son las reglas del juego? Una sirvienta ruca y deschavetada que se cree invitada a la fiesta, la novia, el hermano joto y el “compañero” del hermano. La exnovia que aún se textea con el novio, los que no quieren estar ahí y el padre que… la realidad es que el juego es lo de menos y la claustrofobia por estar encerrados en un armario pesa más por los secretos

A Quiet Night In, es de mis favoritos ya que los personajes no hablan y recurren a la mímica para comunicarse. ¿Qué situación provocaría algo así? Un asalto a una casa de ricos y la ley del hielo que sigue a una discusión marital. Humor físico as it best.


Tom & Gerri, nos enfrenta eso que nos molesta y da miedo porque sabemos que podríamos terminar así: la indigencia. ¿Qué pasa si le abrimos la puerta a una persona sin hogar? ¿Cambiamos por influencia de los demás o en esencia siempre hemos sido así? El final y más porque se trata de un escritor, nos dejó a mi Maridaje y a mí llorando en posición fetal. 

Last Gasp es una burla a la cultura pop. Un artitstillo tipo Luis Miguel muere inflando un globo para una niña con una enfermedad terminal. El cantante no quiere estar ahí y los que están en su círculo lo odian. Pero ese último aliento encerrado en un globo morado tiene enorme potencial financiero. ¿A quién le pertenece? El cinismo y la plasticidad moderna retratados con maestría.

The Understudy nos encontramos dentro de un camerino de un teatro en la se representa exitosamente Macbeth. El capítulo está dividido en actos y supongo, porque no he leído Macbeth, que tiene una relación íntima con la trama de Shakespeare. La ambición y el que el personaje principal sea una especie de títere dan escalofríos.

The Harrowing es la más extraña de todas. Sucede en una mansión tipo Monsters Family en la que un hermano y hermana con facha gótico-vampirezca viven. Una adolescente es contratada para cuidar a una persona que sólo se alimenta de leche y galletas. Le dicen que está arriba pero que no da lata. Que no tiene que hacer nada. Que cuando el hermano de arriba quiere algo toca la campana, pero nunca la toca. Que hay un teléfono y no hay señal de celular, pero que no se preocupe, no pasa nada. Cuando la pareja parte a su compromiso, la chica le abre la puerta su amiga, una amiga gordita y darks. Y mientras exploran los cuadros demoniacos y ven que pedo con el gato disecado, el hermano despierta…

La crítica dice presume la innovación de la serie en cuanto a su estructura y la trama. Yo amé Inside No. 9 porque en media hora te despierta emociones intensas y los finales son … hermosamente traumantes. 

Los productores / actores / directores liberaron un capítulo interactivo sólo para internet: The Inventors. Una habitación y dos hermanos que discuten interminablemente sobre la venta del departamento en el que uno de ellos, el inventor loco, vive. Véanlo acá. La propuesta de internet está chida pero yo estoy viejita y me quedo con la TeVé.

Veánla y me cuentan qué les pareció.



jueves, 24 de abril de 2014

Invitación a la presentación de Stenopelmatus y otras revelaciones extremas

Me pregunto si ser la mujer del escritor me da derecho a contarlo. Si como la mayoría de las esposas debiera de aguardar sentada en primera fila y con una sonrisa servir de apuntador en las conferencias del Señor Escritor. O ser la guardiana del copyright y las regalías como la Kodama. Lo más atrevido que he escuchado es a la señora Pacheco hablar de alguna de las manías escritoriles del Premio Cervantes. 

No, no estoy segura si deba contarlo, es como si estuviera revelando la receta de la Coca-Cola o algo así. 

La cosa es que vi nacer cada una de las historias que conforman Stenopelmatus, y ahora estoy a punto de contarlo. Y no soy la única. Pero no piensen mal, no soy parte de ningún harem (aún). A lo que me refiero es que tenemos un grupo de escrituras, Horizontal, y más de uno ha sido testigo de lo que estoy por relatar. Al fin y al cabo... ¿No es la realidad un subgénero de la ficción? Todos tenemos una historia de la historia. Ésta es la mía. 

Una noche tuvimos una discusión matrimonial. De esas que se deben de tener cuando uno de los cónyuges no tira los envases tetrapack vacíos a la basura y el otro debe quejarse con amargura. La discusión de “no podemos vivir en la porquería” estaba caliente cuando al escritor que le da por meterse en los matrimonios sacó una cucaracha de debajo del refrigerador. No cualquier cucaracha. Era una grande y que se movía rápido hacia la sala. Una cucaracha lo suficientemente desvergonzada como para salir cuando hay gente presente en la cocina. El pleito no duró mucho; tuve que subir a la habitación para que Ricardo vaciara el bote de Raid por la cocina. (Soy alérgica al Raid). 

Al día siguiente y después de cenar, lavaba los trastes mientras Ricardo me leía algunos párrafos que había escrito durante el día. La escena narrada comenzó a sonarme muy familiar: había una esposa gandalla y manipuladora que no limpia la cocina y un insecto. Lloré frente al fregadero y Ricardo trató de consolarme diciendo “no eres tú; no importa lo de los tetra-pack”. Al final me convenció, pero sólo porque estaba muy bien escrito. Hoy, ese cuento se llama Stenopelmatus, y —aunque el pleito no está—, el insecto, mejor conocido como cara de niño, sigue presente y da título al libro.

Hay dos cuentos cuyo germen vi por primera vez hace más de 4 años: Mollusca y Valor. En aquel entonces Ricardo masticaba aún más que ahora las palabras. Leía sus cuentos escritos a mano en una sala con cuadros en las paredes. Su cuaderno reposaba en una mesa cubierta con un mantel verde olivo. Teníamos café aguado y galletas. Las palabras no son las mismas y el planteamiento de la historia es ahora diferente. Sin embargo, el brinco desde el trampolín de 10 metros y el sexo casual sigue ahí.

De esas reuniones también germinaría Horizontal, nuestro taller de escrituras. Una vez que Coatl, Ricardo y yo dejamos ese taller de los miércoles sentimos la necesidad de seguir tallereando nuestros textos. Igual de importante es que nos motivamos y animamos a seguir escribiendo y hasta nos animamos a compartir nuestra pasión con los demás. Horizontal ha tenido varios integrantes; algunos se quedan más tiempo que otros, pero los tres seguimos ahí, cada lunes, cada quince días.

En Horizontal vimos crecer otros cuentos de Stenopelmatus como Figura, Roedores y Un hijo adoptivo. En un inicio, Ricardo pensaba que el hilo conductor de los cuentos serían los insectos y demás animales desagradables. Al final, la familia y las relaciones de pareja ganaron la partida. Y como la publicidad que se grabó en la RedQ dice: en más de un cuento “el lector se verá misteriosamente reconocido”. Porque al final, todos tenemos cucarachas en la cocina.


Stenopelmatus nació entre angustias. Un día antes de que recibiera la llamada de la editorial diciendo “ganaste, te vamos a publicar”, Ricardo recibió un mail donde le decía que se pusiera en contacto con la editorial. “¿Por qué me dicen eso? Ni modo que me llamen para decir que no gane”. Pero no quiso albergar esperanzas. No dormimos bien esa noche. Y después de la llamada la duda: “tengo que corregirle muchas cosas, ¿me dejarán?”

Y así pasaron los meses y pasaron las angustias. Ahora sentimos emoción, satisfacción y orgullo. Después de prácticamente un año, Stenopelmatus está en Querétaro y este 30 de abril lo presentaremos en la Vieja Estación. Los esperamos.


Muchas gracias a Coatl por las ideas, los videos y las ganas contagiosas y a Hugo Cervantes por la voz y las críticas.

Les dejo información del evento en facebook, cómo llegar al centro cultural y un extracto de Mollusca, uno de los cuentos de Stenopelmatus.