sábado, 1 de octubre de 2016

Un enorme déjà vu llamado Barcelona

Volví a España, esta vez vía Barcelona.  La misión era asistir a un evento de Schibsted, multinacional a la que pertenece mi adorado trabajo (segundamano), en la que la gente de Tech & Product de todo el mundo asistiríamos.  Pero yo llegué antes.

Muchos saben que corazón es madrileño.  Hace 11 años viví ahí y lo amaba.  Ahí comencé a decir QUÉ en vez del chafísima mande, a pintarme el pelo de colores, a ser realmente independiente y llorar por ver el ballet en la calle.  Amaba sus "nada, ¡guapa!", sus bares, sus gritos, sus papeles tirados en el piso del bar.  Adoraba hasta lo que los demás odian: los olores en el metro, la rudeza al atender, su tono alto de voz y su acento en el que a veces parece que no se enteran.  Y Barcelona es Cataluña no Madrí, pero que me vas a venir a decir a mí, con su cielo azul inmenso, lo volví a sentir así.


Megahíper déjà vu

Volví a tener 29 y a fiestear todas las noches. En la primera para quitarnos el jetlag, con mis hermanitos de Segundamano.  Me encanta que nos habíamos visto 4 días antes y nos abrazamos como si fuera una eternidad.  La segunda, con unos madrileños que me encontré en el la fiesta del Poble Espanyol y con quienes terminé en un kareoke cantando a Juan Gabriel. La tercera con unos polacos que querían bailar salsa. La cuarta, de vuelta de las fiestas de la Mercè en la que iba a ver ballet y el hambre me llevó a uno de esos cafés tradicionales y de ahí Juan Gabriel me llevó a lugar con mariachi y después al barecito debajo de mi hogar temporal (Airbnb) porque debes de ir al bar de tu casa. Y la última noche, mas temprano porque al día siguiente había que volver, vi los fuegos artificiales en la playa (donde sufrí porque la vida es tan injusta *chiste local, te extrané Reinux*)





Caminaba sola, de noche y algo dentro me explotaba al volverme a sentir tan libre.  Con el clima tibio y mis vestidos (ahora mexicanos).  El pelo recogido y una dosis de borracha. 

Y comí. Oh, sí que comí.  En los buffet del evento con su pan tumaca y su jamoncito.  Y no se diga en la fiesta en la que los cuchilleros nos rebanaban todos los platos de jabugo de bellota.  Yo me zampé tres platos. Cañas siempre que podía, olivas deliciosas. Mil y un tapas, pimientos padrón, tortilla y claro! unas crepas de ese limón que no es ácido con vino blanco.  Los chipirones no estaban taaaan vascos pero, por decir chipirón valen la pena los 4.5 Euros


Siempre he sido ñoña pero además, ahora soy agilista y conocí a la comunidad catalana.  Dí una charla y platicamos sobre el cambio organizacional.  Asistí al Data Insights Day aunque mis conocimientos de data son mínimos, me encanta convivir con gente apasionada.  Y el Schibsted Reboot en el que conocí a mis primos agilistas.  Ellos son más.  Yo soy la única de México y me presentaban así: La Scrum Máster de México y me sentía como Miss o algo así.  La energía era fuerte, mis superjefazos chingones, me transmitieron una visión de futuro muy motivante.  Hubo conferencias de todo, pero sin duda, me quedo con las pláticas con mis compis ágiles y recuerdo cuando en la fiesta se me salió el acento gachupín a fuerza de sangrías.  Hasta a una sesión de trabajo me invitaron, así que cruda, con la cara deslavada y tres bolsas bajo los ojos, llegué.  Me encanta formar parte de esta gran familia.  Esta startup de ciento y pico de años.


 

Fui a las fiestas de la Mercè y lloré con el ballet.  Me apachurraron en una música que no estaba ni tan chingona y envidié tanto a los Castellers que celebraban por las calles y lloraban juntos la derrota. Qué increíble sentido de comunidad.  Caminando me encontraba pequeñas maravillas, desde música, vino debajo del arco del triunfo hasta tienditas en las que quería gastarme todo.  Ahora hay más ciclovías y creo que son más petfriendly.



Volví a la CDMX y me enfermé.  Entonces le sentencié a mi maridaje: en un año, quien sabe cómo, a Barcelona con todo y perros. Ahí los dejan entrar al metro.



lunes, 12 de septiembre de 2016

A veces me gusta ver las pedas de lejos y verme a mí de cerca

YO ERA AMANTE DE UNA CIUDAD. Y fue la ciudad más chingona para crecer.  Yo no nací ahí y en un fin de semana de octubre del 2002 decidí que tenía que adorarle. Para el marzo que le siguió ya tenía mis maletas y mi perro ahí. A diferencia de los locales, siempre me pareció una mamada su chango del avenida del 57, no conocí al famoso Don Patines y las nieves de mantecado de la Mariposa siempre me parecieron bien pinche sobrevaluadas.

Empecé a crear mi ciudad, mis rutas, mis calles. Está, por ejemplo, 5 de Mayo donde entraba al Wicklow diciendo «ya me esperan», cruzaba entre borrachos, pasaba la mesa de billar y aguantaba las ganas de miar frente a un póster de Goethe que hablaba mal de los hombres. Hacía pipí y regresaba al coche de Lalo, con quien recorría la ciudad bebiendo cerveza y escuchando banda.  Él hacía en los arbolitos. Está también las bancas frente a la Cruz donde en ese octubre le marqué al Huevo y me contestó «carnicería el buen trozo». Y ahí cerca, el andador lleno de gente donde tuve la mala idea de llevar a un Gazpacho más histérico de lo que es ahora y que se agarraba a mí como chango de la Avenida del 57. Están todas sus plazas y los conciertos gratis que ahí viví.  Desde Aleks Syntek (iba pasando, me agarró la multitud, me torcí el tobillo, me obligaron a quedarme), pasando por Inspector, Jumbo, Jazz mojado y canadiense, Lila Downs y a la Sinfónica con el Mariachi Vargas, concierto en el que lloraba y lloraba y no sabía bien porqué tanto drama patriotero (unos días después me enteré). Están las cantinas en las que comía con Osvaldo, sólo porque yo estaba desempleada, él descansaba los viernes y había botana picosa y cerveza. Y el super Q de Universidad, donde me detenía a comprar cerveza cuando mi familia de salsa catsup me sacaba de la cama y por messenger me decían «ponte cualquier cosa, sólo estamos nosotros y hay tequila».  Y los miércoles en la mañana del Museo de la Ciudad donde conocí a Ricardo y a Coatl y comenzó toda una etapa de mi vida que adoro y que nunca me esperé. Tenía suerte de trabajar en cerca del Cimatario y poder ver la ciudad hacia abajo, donde a veces había nata de mugre y otras azul inmenso.  Ahí donde conocí la agilidad, quité los cubículos godínez y armé un gallinero donde Alberto y yo quisimos cambiar una empresa y terminamos cambiando nosotros y a unos cuantos más que nos siguieron la corriente.

Fue en diciembre de 2014 cuando La Castellana, la cantina en la que fue la fiesta de nuestra boda, cerró.  Cada vez que pasamos por Universidad de camino al centro, volteábamos al lugar y decíamos ¿Ya abrió?. No, no ha abierto. Estamos a punto de cumplir un año que nosotros ya no pasamos por ahí. Ahora intento amar a una ciudad que necesita de la influenza porcina u otra bacteria zombi para estarse quieta.

Un viernes de no hace mucho volví a Querétaro de visita. Me colaron a una fiesta de la editorial Planeta y la barra libre gratis ya había hecho estragos en mis amigos y demás fauna literaria que bailaba reggaeton. Yo estaba sentada sola. No sólo porque no me gusta dale, sino porque a veces me gusta ver las pedas de lejos y verme a mí de cerca. Durante el día había recorrido el Cimatario, el Museo de la Ciudad, el SuperQ, las plazas, el Wicklow y todas las imágenes de mi vida ahí se apachurraban en mi corazoncito.

De pronto, el DJ cambió de ritmo: Café Tacuba.  Los pinches Satelucos me regresaron al Periférico, a los coches que pitan desesperados, a mis perros en Polanco y a mi lugar preferido del mundo chilango: el City. Brincaba como chilango en el paradero de Chapultepec cuando comenzó Ingrata.  No quedó más que cagarme de la risa y gritar:
♫♫♫ ¡¡¡Ingrataaaa!!!, aunque quieras tú dejarme
los recuerdos de esos días
de las noches tan obscuras tú
jamás podrás ¡¡¡borrarteeee!!! ♫♫♫

martes, 8 de marzo de 2016

De terrremotos y viejitos weones

En mi cartera traigo un retrato de un viejo raboverde ochentón que me ligué una tarde en una cantina de Santiago de Chile. Rodolfo –así dice el retrato que se llama– estaba borracho cuando yo llegué y me senté a su lado.  Yo no lo puse así de ebrio.  Tampoco elegí sentarme ahí.  “Fue el destino”, dijo él en algún momento mientras intentaba tomarme de la mano.


Si necesitan algo, tienen hasta la una para pedírmelo porque voy a salir al centro, sentencié unas horas antes.  Había llegado a Chile tres días atrás y no conocía más que las cuatro cuadras que caminaba del hotel a la oficina, ubicada en una zona ultranais, con edificios de mil espejos, árboles en aceras limpias y la versión chilena de godínez en bicicleta.  Era una zona polanquera desde donde se veían los andes y cuyo máximo valuarte era un edificio altísimo de esos que diseñan los arquitectos con issues relacionados al tamaño y las formas fálicas.  Por la noche, un avión me regresaría al invierno mexicano y tendría que guardar mis vestidos durante seis meses más.


A la una y media, y después de indicaciones superexactas de cómo transbordar en metro por parte de mis coleguitas, llegué a La Piojera. En realidad, mi destino era un mercado de comida, pero apenas salí de la estación del metro un letrero que decía «cantina» y un olor ácido entre pulque y cerveza hizo que me dijera a mí misma: diaquísoi.


En la barra, un mulato llenaba de líquido una docena de vasos de plástico enfilados que en su interior tenían algo así como nieve.  Traía las mangas rojas de su camiseta apretujadas en los bíceps y cargaba un bidón rojo con pico negro de algo que asumí que era vino blanco color güiski. Imaginé que el vino ese no era muy fino ya que el mulato no le importaba regarlo sobre la barra madera, parecía más bien estar regando gasolina para incendiar el lugar. Lo ví pasar una franelita roja pestilente y botarla en una cubeta. Estuvóseme a punto de ocurrir si acaso reciclarían el vino blanco color güiski, pero preferí suprimir la imagen del negro retorciendo el trapo aquel.


¿Qué es?, pregunté. Es un Terremoto, me contestó con el clásico enfado de esos que están hasta el pico que haya turistas weones que se meten a los lugares que son para ebrios locales.  Deme uno así rosita, contesté.  Y un sánwish de pernil, por favor (siempre digo por favor, por más que me bienodien).  Si quiere sánwish váyase pa’llá weona, me contestó.  ¿A dónde?, pregunté.  Allá a esa mesa, ahí se lo llevan, weona.  Al parecer, en la Piojera no le pagan al cantinero por convivir.


Así llegué a la mesa de los solitarios, los ebrios abandonados, los que lloran con los Tigres del Norte y toman de a poquitoporqueseacaba.  ¿Está ocupado acá?, le pregunté al viejito cuya raborverdescencia aún desconocía. Él susurró algo y se levantó de la banca de madera que compartiríamos.  Se quitó con una mano el sombrero y con la otra me hizo la seña internacional de aplásteseai.


Rodolfo me dijo que se llamaba Rodolfo, que era ferrocarrilero y que estaba ahí porque recién había renunciado a su trabajo porque esas chingaderas no se las hacen a él.  En realidad no dijo chingaderas y lo que acabo de escribir me lo dijo a lo largo de 20 minutos porque entre que el acentito chileno tiene su cosita que al final no se entiende, entre que el ruco casi no tenía voz y entre que estaba bien pinche ebrio, tenía que repetirme varias veces el cuento.


En lo que llegaba mi bebida, me puse a mirar alrededor. Era una cantina tradicional sin duda, con diversidad de parroquianos locales: las chicas de pelo largo y el cráneo rasurado de los lados. El chico con rastas y aretes en la cara.  Las seños de pelo corto que no se descuelgan el bolso. Los viejos canosos con tirantes. Y un sheriff con todo y estrellita. Y como en buena cantina todos se ignoran en un momento y después se miran para brindar.


Había un mural con una escena de felicidad alcohólica en el que la guitarra, el acordeón y el cantinero chimuelo no faltan.  Las figuras están rayoneadas con esas firmas en las que los amantes y amigos fechan un día especial.  Sobre una puerta están escritas las bebidas: chicha y vino, caña y medio pato, botella de lts, jarro doble, embotellado. Y del otro lado: Sta. Carolina, Sta. Rita, Sta. Emiliana y San Pedro, y si no fuera por el famoso Concha y Toro, habría pensado que era el santoral de la semana.


¿Y estás casada?, me dijo el viejo. Supongo que a los ochenta no se tiene mucho tiempo que perder.  Sí, le contesté.  El viejo no pudo disimular su enojo y dio un trago grande de su bebida.  Y tu marido, ¿Dónde está? ¿Por qué no está aquí?, le expliqué que yo estaba ahí de trabajo, que él se había quedado en México.  No deberías viajar sola, decretó.  He viajado sola por muchos lados, contesté altanera. ¿A poco dejaste a tus hijos? No tengo hijos, respondí furiosa. El ruco estaba comenzando a pasarse de la raya. Supuse que mi mirada asesina lo iba a hacer guardarse sus machicomentarios. ¿Y por qué no tienes? ¿Quién no puede, él o tú?


¿Dónde está mi pinche Terremoto?, grité.  Pero mi grito fue apagado por una guitarra y un acordeón y eso que dice: Ya está cerrada con tres candados y remachada la puerta negra porque tus padres estan celosos y tienen miedo que yo te quiera.  El mulatito me trajo por fin mi Terremoto.  No lo he dicho aún, pero estábamos a 38 grados, estaba emputada y sin alcohol.  Así que cuando sentí el dulzor del primer trago, envalentonada le dije: Porque no, porque no quiero.  Porque las mujeres decidimos si queremos tener hijos o perros.


Pues creo que estás mal –dijo el viejo sin inmutarse–. Con todo respeto, estás mal. –Añadió.


Decidí tomar mi Terremoto y dejarlo hablar.  Rodolfo prosiguió con su alegato durante los 20 minutos siguientes que duró el Terremoto.  Me contó una historia en la que su cuñado abandonó a su hermana con la primera que se le atravesó, porque su hermana era estéril y no pudo tener hijos.  Y lo entiendo, yo también la hubiera abandonado, dijo con seriedad. Pedí la Réplica de mi Terremoto.  Siempre es más fácil seguirle la corriente a los borrachos cuando se está ídem. La Réplica estaba más friíta, como que tenía más nieve y se sentía una malteadita muy sabrosa y diferente a lo demás. Entonces el trío norteño comenzó Mujeres divinas y como si fuera una provocación, Rodolfo comenzó a despotricar contra todas las mujeres y sus dos exesposas que lo habían abandonado. Y ya encorvado, dijo algo sobre el hijo que se le murió.


Supongo que fue la Réplica, pero se me movió el piso.  Y sentí un poco de simpatía por el ruquito.  Seguro que vivió momentos cabrones durante la dictadura.  Quizá las mujeres sí le jugaron mal. Quizá y no es fácil ser ochentón, vivir en el Chile moderno y encontrarse con extranjeras que dejan al marido en otro país y no tienen hijos.  Le sonreí y fue cuando me dijo: Dame tu retrato. Yo le dije que no tenía ninguno conmigo.  Él me regaló el suyo y volvió a insistir: Dame tu retrato, ya te di el mío. Por alguna razón que no entendía (debido a la ebriedad y por la diferencia cultural), al parecer todos los chilenos deben cargar con un retrato suyo.


No tengo un retrato mío, le dije tratando de ser más amable.  Rodolfo tomó de un jalón el trago que se había estado chiquiteando, se encorvó y bajó la cabeza.  Los párpados pellejudos cubrieron esos ojitos neblinosos, se quitó el sombrero y se dejó caer sobre la mesa.  Los huesos pegando contra la madera me recordaron al sonido que hacían los huesos de Wilby, mi perro viejo y medio ciego cuando exhausto, se dejaba caer al piso.


Entonces Rodolfo  empezó a roncar.


Pedí la cuenta y cuando sacaba los pesos chilenos de la cartera, me encontré un dibujo que me hizo mi sobrina en el que traemos tiaras y estamos tomadas de la mano.  Busqué una pluma en mi mochila y le escribí con marcador morado: Esto es lo más cercano que tengo a un retrato, Rox.


Por la noche y como estaba planeado, volví a México, al frío, al tequila, a mi marido.  Un viernes de algunas semanas después, mientras buscaba dinero para pagar unas quesadillas -sin queso- en la esquina del gondín feliz, la foto de Rodolfo saltó de mi cartera y cayó al piso.  Me agaché para recogerla y cuando volví en pié me sentí mareada. Terremoto, pensé.


Pero ni un vidrio de espejo crujió en los edificios, los godínez no corrieron gritando a las zonas seguras, tampoco sonó la alarma aulladora que avisa que hay un terremoto en las costas.  Ví el retrato entre mis dedos y sonreí pensando: ¡Salud, viejito weón!




sábado, 16 de enero de 2016

De cuando fui a comer a Bogotá y otras vainas de los cosos, ¡cómo así!


Por alguna razón que ahora no se me ocurre cuál, Colombia se había escapado de mi turs.  Y es que mi relación con el sureño país tiene lazos fuertes por Lina y el Dr. Amor, con quienes conviví con-bebí harto mucho cuando viví en Madrid.  Sobre todo con Lina, mi roomate y wingwoman de muchas aventuras.  De ellos aprendí a tomar ron derecho, que la yuca no se tira, que el plátano macho también se come verde, a bailar salsa y vallenato y sobre todo, a que su comida es de-li-cio-sa.  Así que cuando mi jefecito en @segundamanomx me invitó a un agile-tur con nuestros primos de Bogotá y Santiago, la sangre de mi cuerpo se me fue al dedo gordo del pie derecho y en cuanto reaccioné dije tímidamente: ¡A huevo que voy!

Bogotá desde Monserrate <3

Viajamos al día siguiente de la posada del trabajo. Así que mi estómago aún crudeaba al llegar al aeropuerto.  Por eso comí en la sala de espera una sopita de pollo hasta que escuchamos nuestros nombres en el altavoz.  Corrimos a la sala de espera cuando ya todos los pasajeros habían abordado.  Para pasarme el susto me tomé mi primer cheve Club Colombia de mi corta y bebedora vida.

Al llegar a El Dorado, nuestro huésped me preguntó: ¿Y qué le gusta hacer cuando viaja? Comer y caminar hasta que se me baja la panza para volver a comer, contesté.  Así que nos llevó al restaurante Club Colombia, donde comí papas dulces, plátano frito, tiras de plátano con salsa de betabel, yuca,  dedos de yuca, tamalitos dulces, carne, crema agria y no recuerdo qué mas.  Por supuesto, brindamos con aguardiente y más cheve. Ah sí, y arepas de muchas variedades.  Pero lo que se ganó mi corazón fue el chicharrón.  Parecido al nuestro, pero tiene un cacho de puerquito pegado. Y como nos oyeron acento mexica / italianochilango nos trajeron una salsita como de pico de gallo con un poco de chile (ellos le dicen ají). 

Horrible foto para tan hermoso acontecimiento estomacal

Otro día nos llevaron a Usaquén y comí Ajiaco, una sopa de pollo con papa, maíz, aguacate, crema agria y alcaparras.  El caldito es espeso por lo que es una pequeña bomba nocturna.  Aún así, no pude evitar pedir de entrada tostones de platanito verde con guisos encima y claro, chicharrones. Y para el despance, aguardientico calientico con una escarcha de canela y azúcar.


La fama de que el café Colombiano es bueno, en realidad es un pinche chisme comparado a lo delicioso que es.  Mientras trabajaba y cada dos horas, pedía un café diferente: el Éxtasis, frío con una natita dulce y un poco de chocolate fue mi favorito para la tarde.  Y el tinto campesino, primo de nuestro café de olla, para medio día.  Probé además de litros y litros de espresso (bien amargo y cremoso).  Probé otros cafés más aventureros, con especias y otros cosos cuyo nombre no recuerdo, pero aún les lloro.

Estudiando en el blog de Luis Mulato y tomando un tinto campesino, snif

El domingo fue el único día que tuvimos para turistear y el smartwatch dijo que caminamos algo así como 210 kilómetros.  Tengo algunas fotitos para presumir:


Plazotota principal donde la gente alimenta a las palomas que cagan a Simón Bolívar el Libertador de las Américas. De una bocinota salían canciones de Diómedes Díaz y varios rolos bailaban en su hermosa ebriedad:



Pollita vaciladora y pechugona en el tianguis alimenticio que está en Monserrate.



En Bogotá, la Navidat es de foquitos verde, blanco y rojo y algunos aguardientes después me dio por gritar ¡Viva Hidalgo! ¡A coger gachupines! etcétera.  Las fotos son de Usaquén, algo así como su Coyoacán.

Bogotá se parece mucho al DF. Incluyendo los sorpresivos olores a miados, el tráfico pesadísimo, los OxxOxxo y los apachurrones en el metrobús (que allá se llama Transmetro y tiene vías más rápidas).  Pero también tiene sus vías arboladas y ciclo vías :)

En Bogotá, los nombres de la ciudad son números, lo cual siempre me parece de lo más insensible.  Sin embargo, hay un pueblito escondido en el centro que se llama la Candelaria donde sus calles, además de pequeñitas tienen nombres chéveres como Cara de Perro, la Toma Vieja, La Agonía y la del Suspiro.  Además de los techos de tejas rojas, el barrio tiene un toque hipster-cholombiano lleno de grafitis bien rechulos.


Monserrate es un cerro con una iglesia y hay teleférico y funicular para subir sin dejar el pulmón godín tirado y lleno de sangre.



Esta foto la tomé porque no dejo ser queretana y el museo de las gorditas de Botero tiene un patio con fuente y flores, muy parecidos a los de mi pueblito :')

Si quieren ver las gorditas de Botero y pinturas de Picasso, Miró, etc, busquen en google.

Tengo que volver a Bogotá y a toda Colombia.  Su comida e historia son bien ricas y los lugares hermosos. Pero sobre todo, está su gente que es sonriente, cálida, alegre y bailadora.  ¡Y ese acentico que quiero tener!


lunes, 4 de enero de 2016

Chilanga eres

Cuando tenía cinco o seis años vi las estrellas por primera vez. Ok, supongo que no fue realmente la primera vez, pero sí la primera que fui consciente de ver la bóveda celeste completa. La luz de la colonia brillaba por su ausencia y salí al jardín de casa de mi abuelita para comprobar su ausencia y, efectivamente, no había luz. Recuerdo que me recosté sobre el cofre del auto de mi papá y estiré los brazos a los lados. Estaba impresionada de ver tantas estrellas y las intentaba contar. Quizá no es muy sabido, pero nací en el Distrito Federal. Así que mi mamá nos acostaba temprano, salíamos a jugar a la calle poco y sólo mientras llegaba el atardecer. Cuando tenía diez años, nos fuimos a vivir a Guadalajara y a los veintisiete migré sola a Querétaro.

Ahora le llaman Ciudad de México. Ahora mi familia es mi maridaje y mis perros. Ahora, y desde hace tres meses, vivo en la CDMX aka el De-Efe aka Chilangolandia aka La Capital.

Pero tanto tiempo fuera me hizo provinciana. Me engento con facilidad (hace unas semanas tuve un mini ataque de ansiedad en la estación/centro comercial Buenavista), y reniego del ruido y del tráfico. Por eso, cuando decidí volver era imperativo vivir lo más cerca a mi trabajo. Así que nuestro depa está a 30 minutos caminando. Y cuando lo digo, la gente me mira como si el nuevo reglamento de tránsito no aplicara en mí. Uf, yo hago hora y media, ¡qué lujo! –Me contestan–, si salgo 15 minutos después ya no llego.

Me pregunto si para ganarme el título de chilanga debo de sufrir apachurrones en el metro, mentadas de madre en Insurgentes y comprar gorditas de nata en el Peri. Tampoco me alimento en esos puestos callejeros que venden amenazas intestinales en paquetes de 5 tacos por 20 varitos.

No sé si soy tramposa o hacker por elegir mis pies (y un poco la bici) como medio de transporte. A veces quisiera decir que soy una flaneur, una voyant. La realidad es que soy una mamoneur.




Salgo a las 7:30 am y veo a los vecinos que sacan a sus perros a mear. Los niños van enbufantados y sus papás los arrastran para que se apuren. Cruzo con ellos la primera glorieta, la que pasa por Legaria. En dos calles hay dos escuelas y un kinder. Ahí un señor pasa con sus dos hijas. Las niñas tienen unos 7 y 10 años, usan trenzas y llevan su mochila en la espalda. Los miro con escándalo: los tres van en bicicleta hacia Polanco. Yo también voy hacia allá y elijo un coche, de preferencia de un color chiclamino, con el cual jugar carreritas: a que yo llego primero a Ferrocarriles de Cuernavaca. Comienzan los depas de los judíos. Las niñas con sus faldas grises y largas y los niños con kipá esperan el transporte escolar de la mano de su diminuta madre, quien lleva el pelo cubierto. Por la tarde, esas mismas madres están en una estética sobre Homero (¿o es Horacio?) donde les peinan sus pelucas. A esa hora de la madrugada, esa misma estética está abierta y hace descuento en planchado de pelo. A veces, siempre y cuando las ecobicis lo permiten, agarro una en Ejército Nacional y bajo por la región más transparente y recorro toda la ciclovía del Ferrocarril hasta la entrada a Polanco. Pero casi prefiero caminar y descubrir un esqueleto colgando de un balcón, unos perros chinos que ladran o unos entacuchados en bicicleta con portafolio de piel colgado como si fuera morral. La gente va de prisa y no me voltean a ver. A veces ni siquiera los que van en coches lujosos que pasan por Horacio (¿o es Homero?) y que dan vueltas ilegales en su desesperación por llegar. A lo lejos ya se ven los edificios de Palmas y cruzo el periférico. Desde que comenzó el nuevo reglamento está lleno de policías y los coches respetan los pasos de zebra. Aún así, los claxonazos, arrancones, minibuses y taxistas se meten desafiando el sistema métrico decimal. Me detengo en un puesto de jugos y pido uno de mandarina; doce pesos mi chula, me dice el juguero. Dale un popote a la reinita, le dice a su achichincle. Cruzo con los demás godínez que acaban de bajar del camión. Ellas llevan falda y tacones y ellos traje o mínimo camisa y pantalón de vestir. Yo no he dejado mis converse, mezclilla y camiseta de los Foo. Entro a mi edificio y enseño la credencial al poli que ya me conoce pero la necesita ver para sentir que trabaja. Si llego 8:30 ya no hay lugar en el elevador, así que subo los cuatro pisos por las escaleras y llego desmayándome a trabajar. Tomo agua, aire y ya luego saludo. Mis compañeros se asombran de verme acalorada y sin suéter. Es que me vengo caminando, les vuelvo a decir. ¡Qué lujo! ¡Qué suerte!, etcétera.

  





Aún soy extranjera, extraterrestre... provinciana pues. Pero comienzo a entender porqué los chilangos aman tanto a esta ciudad en eterna construcción (y destrucción). Entiendo que el monstruo de concreto está en nosotros y como no cabemos, empujamos, pitamos, gritamos. Desde la ventana de mi oficina veo esa nata gris que nos da un cielo café entre los edificios llenos de godínez y sus cadenas de mails con pleitos de tupperware y cucarachas. En la noche, las miles de luces no nos dejan ver las estrellas en el cielo y por eso ahora las vemos en las avenidas. Hago escándalo ante el sorpresivo olor a mierda y miados. 

Pero hay algo que siento cuando camino y veo los edificios modernos, los que tienen siglos, los que recorrí durante mi infancia, los que son nuevos para mí. A veces me pregunto si eso que siento es algo azteca relacionado con morir para renacer. Si hay un encantamiento en los gritos de los marchantes ancestrales que aún resuenan en los que venden tamales, audífonos, chicles, gorditas, jugos, tenis, ropa, garnachas, tacos, MP3s con la última colección de rock en español o música de banda, que invitan a subirte al minubús, a bajarte del metro, a circularle más rápido y por acá. O será el encanto relacionado de lo extravagante.

Aunque lo más probable es que nací Chilanga y en Chilanga me convertiré.

 

  


domingo, 19 de julio de 2015

Acá nos tocó pistear: TJ

Sólo algunas cervecitas, le dije al Richar. Era miércoles y mi cuerpecito creía que eran las 10 de la noche y quería lechita, pan, OITNB en la tivi y a dormir. Pero en TJ el sol de las 8 de la brillaba con enjundia.  Si no salimos, nos vamos a dormir y entonces nunca nos adaptaremos al horario, le dije. (Pretexto #172 para alcoholizarme: jet-lag)

El Richar es mi maridaje, mi jusbando, mi morro, mi acá, mi nalguita apachurrada, mi editor de posts, mi cobija de huesos. El Richar fue el que dijo: Tijuana, Beibi.  Tijuana pues, así que apaga la pinche tivi de San DiegoDelYorchBuch. El Richar también es conocido como el yacallatecabróndejahablaralosdemás; bueno, sólo cuando se alcoholiza. Y yo tenía que hacer que me tirara rollo.

A la Sexta. Luis Humberto y el Chango100 nos habían dicho: La Estrella de este Belén está bajando por la Sexta. La Sexta y la Revu está en un montecito, en el que las ranflas despintadas pasan echando el mofle y se llevan pal infierno a los mugrientos de creiziais que se cruzan, de donde nunca quisieran haber salido. En ese montecito, el Richar y yo nos tomamos de la mano, cerramos los ojos, bajamos la jeta y rezamos:


Part güan: Cawamadancin


Con la bendición echada, entramos al Bar los Cuatro Amigos, nos sentamos en una periquera y pedimos una cawama de Tecate Laid para los dos. El barmanto nos miró feo.  Como con desprecio. Como con rencor. Como si por ser pinches sureños nuestros pesos valieran pipídevaka. Miré alrededor. El lugar estaba oscuro y las parejitas se hacían cuchicuchimua entre tragos de cawama. Cada quien con la suya personal de cada persona. Y nosotros contaminando al ambiente con vasos de plástico. Pinches sureños lusers, provincianos cargadores de basura. Pero nunca de los jamases volveríamos a regarla. La tktita se hizo agüita de jícama y ora sí, pedimos otras dos. (Pretexto #14 para alcoholizarme: a donde jueres haz lo que vieres).  

Los Cuatro Amigos es un pinche antro bien federal en el que hay dos cosas rescatables: la rocola y el tubo. La rockola está enrejada y tiene un anuncio en inglish: ONLY ONE DOLLARS BILLS, PLIS. De la rockola sale música de esa para la banda bien acá machina, rudezca, de la que escuchan los novios que no le presentas a las mamás: METAAAAAAAAL. Al tubo, las niñas bien le dicen “pol”. PolDancin, dicen. Es un deporte rudo, dicen. Y ponen fotos en el feis colgadas con las patotas abiertas y se arma el drama provinciano en que se pregunta si las mujeres debemos colgarnos de patas en los palos y colgarlas en el feis. Pero en TiYei no se pregunta nada y nos colgamos de los palos con nuestras cawamas.


- Tenemos que hablar, le dije al Richar apenas me bajé del tubo. Estaba envalentonada por la ovación que recibí de 2 de los 3 borrachines a los que su morra los dejó wachar y de la chinita que vendía cuyuls de hielera.
- Vámonos a otro antro, me contestó.



(ail be baq)

lunes, 13 de julio de 2015

Íbamos a Ensenada a comer, pero nos quedamos en Tijuana

¿Y a qué van a Tijuana? Me preguntaban aquellos que se enteraban de nuestro viaje. Pues a tragar, contestaba sobándome la panza.

Mi manera de viajar ha cambiado desde el 2001 cuando me hice adicta a agarrar la mochila y largarme. En aquellosh añosh era más pobre y menos sabia, por lo que me conformaba con ir al súper y comer jamón, pan y yogurt.  Guisaba mi pollito en los hostales y me daba el gusto de una cenita o dos.  Pero desde que mi maridaje y yo estamos juntos, nuestros viajes se convirtieron en comer tragar hasta sentir un calambre en el ombligo.

Por eso es que elegimos Ensenada; mi compi Anthony Bourdain nos habló maravillas de su cocina Baja Med, los vinos del Valle de Guadalupe y la cerveza artesanal. Pero el avión llegaba a Ti-yei, nos enamoramos de la city y Ensenada sólo tuvo un día de diez.  Como sea, esta es la lista de las mejores tragaderas del viaje.

1. Tortillas de harina con frijolitos y langosta (Puerto Nuevo)

El penúltimo día de viaje fuimos a Puerto Nuevo, un pueblito en el que lo único que hay son restaurantes de langosta; eso no nos molestó, ya que a eso íbamos. Los langosteros acosan a los turistas sólo mientras pasas por la banqueta de su negocio. Tienen prohibido perseguirte y los precios van de 15 a 17 dólares por 4 mitades de langosta, frijoles, arroz, tortillas de harina y margarita.
En la terraza del restaurante que elegimos estaba una pareja de güeros y una familia de old-gringos-mexicanos. Por las conversaciones con el mesero nos dimos cuenta que eran clientes frecuentes y eso nos hizo sentirnos optimistas sobre nuestra elección.  Primero llegó la tortilla de harina y los frijoles y como estábamos muertos de hambre, le entramos con gusto. Con la primera mordida casi lloro. Era el sabor de las tortillas de harina que mi abuelita Cuca hacía en su cocina y por la que mis primos y yo peleábamos por tener la primera. La memoria lengual está conectada directamente con el corazoncito, snif, y por eso está en primer lugar.  La langosta estaba buena (a secas) y pedí tortillas para llevar.

2. Crepas de limón en Le Pinche Francés (Ensenada)

El domingo llegamos a Ensenada sólo para enterarnos que el lunes y martes cierran todos los lugares de tragadera. Y aunque teníamos la panza llena de tacos capeados de pescado y camarón, tuvimos que resignarnos y salir a cenar. Elegí Le Pinche Francés de TripAdvisor, por la sopa de cebolla y el camioncito coqueto. Nuestro hotel estaba en el centro y tomamos un camión a las playas. Cuando llegamos, un morenazo con acento francés, quien era dueño y chef del lugar, nos guió por su menú. Pedimos vino tinto.  Llegó la sopa de cebolla con su panecito y el plato fuerte (Boeuf Bourguignon) carne con una salsa de vino o algo así, verduras y ahhh un gratinado de papa de-li-cio-so. Platicamos un poco con el chef, sobre Ensenada, México y Querétaro. Nos dijo que tenían ya dos años ahí, que le encantaba la vida tranquila y la cantidad de ingredientes y vinos que hay en la región. La plática estaba muy buena y nos ofreció unas crepas de limón. Estuve a punto de no aceptarlas; estábamos llenos.  Pero bueeeeno, que es un poquito de harina y agua para dos. Resulta que los limones en Baja no son tan verdes ni tan amargos como acá en el sur. Aún las recuerdo y lloro.  Estaban tan buenas, que ni foto les tomé.


3. Tostadas de erizo con almejas y salsa de cacahuate en La Guerrerense (Ensenada)

La Guerrerense es un puesto callejero de tostadas de mariscos que es mencionado en todas las guías de viaje, todos los videos, todos los programas, todos los folletos... bueno ya entendieron. Son famosísimas y a ella acuden los chefs más reconocidos del mundo, los artistas y los antojadizos desde las 10 de la mañana. Fuimos dos veces ya que la primera vez era tarde y ya no había tostadas especiales, esas ganadoras de premios. En esa ocasión estaba doña Sabina, la mera mera guerrerense en su huipil. Sonreía y atendía a todos los hambrientos (hay congestionamiento humano en esa esquina) con calma y amabilidad. En esa ocasión probé de ensalada de jaiba, pescado con mango y chile y alguna de pescado. Volvimos a desayunar al día siguiente (por fortuna no cerraba los lunes) y ahí sí le entramos con gusto a las especiales. Esta vez atendía el hijo, y un chamaquito de unos cinco años, que supongo que era su hijo, estaba necio en atender.  La guerrerense es un negocio familiar en la que sus dueños son felices viéndonos disfrutar su comida.  Entonces sí, le entré a todas esas cosas crudas y raras que antes me negaba a comer: erizo, cayo de hacha, almejas, caracol, ostiones sin hacerle el feo a los ceviches, el pulpo y otra vez, la jaiba que me gusta harto.

4. Desayuno nutritivo en Alma Verde (Tijuana)

El día que desayunamos en Alma Verde fue el único que nos levantamos temprano. Era viernes y nos dirigíamos al Creative Mornigs, que comenzaba a las 8:30 am. Durante el evento, nos dieron a probar fruta con yogurt, jugos y mini-chapatitas.  Una vez que terminó la conferencia decidimos quedarnos a desayunar y fue la mejor decisión del día (y eso que ese día nos cambiamos a un hotel con wifi chida y fuimos a la playa). Alma Verde tiene toda esta onda nutritiva, ingredientes frescos y orgánicos, semillas extrañas pero extraordinarias (maca, espirulina, turmeric, chia, etc), jugos extraídos en frío para evitar romper las fibras, aceites con grasas desaturadas, platos verycute y adornados con flores. Son de esas comidas sencillas pero deliciosas en las que el servicio y los sabores valen cada dólar de la cuenta.

5. Noodle Soup y hamburguesa de chanchito en Colectivo 9 (Tijuana)

Existen varios colectivos en Tijuana en los cuales se unen varios restaurantitos de autor, todo siguiendo la onda del consumo local, indie, BajaMed, adornitos vericul, petfrendli, musicallejerus-frendli. Este colectivo esta en la Revu y por eso acudimos un par de veces. Yo probé comida japonesa y mi maridaje le fue fiel a las hamburguesas con tocino, carnitas y salsa BBQ. Puedes acompañarlo con esas aguas de sabor mezclado como piña-fresa-albahaca o mejor, una cerveza artesanal. Me quedé con ganas de pedir otras cosas, pero ni modo.

Otras tragaderas que no están en el top-faiv pero las recordamos con cariño (y no quiero seguir escribiendo porque en mi casa sólo hay lechuga y queso y eso hace que mi pancita esté llorando)

Obviamente, en 10 días de viaje comimos mucho más.  De Ti-yei me sorprendió que supieran taaaan bien la birria y las carnitas. Ya sé, cómo viniendo de Guadalajara y de Querétaro ando comiendo eso. Pues qué les voy a decir, hasta comí alitas porque estaban a 20 x 67 pesos.  De madrugada, no le hicimos el feo a los burritos de hielera o a la chinita que vendía wuantonli. Por cuestiones del destino, comimos mucha pizza y sin duda, la de la playa estuvo deliciosa. En Tecate, nos sorprendieron las raciones. Primero creímos que era onda china esa de servir montañas de comida, pero no; el desayuno tradicional traía además de huevos, tortillas de harina y frijoles, papa hash brown y chilaquiles. Y el vazote de agua de Cebada.

Bueno, espero los lectores de este 3 veces H. Blog se hayan quedado con envidia y si no, no se pierdan el siguiente post que llevará por título: Sexo, Drogas y Banda Norteña: las aventuras de una provinciana por la Revu y la Cawila.