miércoles, 9 de septiembre de 2009

Vete lejos

Me hice la fuerte, me tapé bien, revisé -por doceava vez- mis documentos y salí a la superficie. Seguía lloviendo a cántaros y apenas eran las 8am. Volví a mi refugio subterráneo. Sólo una hora más, pensé. Después de esa hora, me quedé otra más.

La estación de tren de Munich está bajo tierra, para juntarse con el metro, supongo. La practicidad alemana está incluso ahí: un pinche carril y ponte lista en las pantallitas monocromáticas del techo para que sepas que tren tomar. Olvídate de los colorsitos por línea.

Y esta rollo del idioma. Osco, fuerte, con demasiadas consonantes guturales para una mocosa acostumbrada a hablar en diminutivos. Hauptbahnhof es la estación central. Literalmente. Los alemanes no inventan el hilo negro al nombrar sus estaciones de tren.

También estaban las horas que llevaba sin dormir, el susto que pase en Stuttgart, el dolor de espalda provocado por el frío, el cansancio y el backpack. Seguía lloviendo y el nudo en mi estómago continuaba.

En resumen: la gran viajera que me creía ser estaba derrotada y sólo quería un chocolatito caliente de mamá.

[caption id="attachment_567" align="aligncenter" width="300" caption="Viajera sobre León"]León con guapa chica[/caption]

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No soy mucho de dar consejos. Pero si alguien me preguntara, sería ese: Vete lejos, viaja, conoce. Muérete de miedo si te siguen unos negrotes, ponte pedo en un antro gay. Viaja de noche, en barco o en tren. Viaja solo y con el dinero exacto. Aprende insultos en otros idiomas y llama a la cerveza por su nombre local (pint, caña, chop). Siempre di gracias en su idioma. Come todo. Fíjate en su gente, en sus viejos y sus perros. Salte del centro y lo turístico. De la clásica foto en la torre eiffel que suben los villamelones en el facebook.

Y si te atreves, no sólo viaja: VIVE LEJOS.

Al vivir, no sólo sufres o gozas. Al vivir dejas cachitos de tu ser regados en la gente, en sus calles. La diferencia en husos horarios no sólo te afecta con el jetlag. Te afecta cuando te sientes solo y es de madrugada en México. Nadie estará en el messenger para soportar tus quejidos. Tampoco estarán ahí cuando te emociones como escuincle al jugar con la nieve por primera vez.

Así que aprendes a arreglártelas, a que la derrota es parte del proceso y después te ríes de la pendejada de sentirte así. Entonces, te das cuenta que realmente no estás sólo. Tienes una rutina y has comenzado a formar una casa, un hogar. Comienzas a parecer un nativo más, al hablar, al vestirte, incluso al caminar.

Reina y yo teníamos una frase “¿Y sabes que? No pasa nadaaa”

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Regresé de Munich con una alegría que me duró semanas. No sólo sobreviví a la primera impresión, si no que gocé ese viaje como ningún otro hasta esa fecha. Los recuerdos aún perduran fuertemente y de vez en cuando, regresan sin haberlos solicitado, dejándome un sabor nostálgico en mis entrañas y una sonrisa en los labios.

Vivir en Madrid me marcó más que los tatuajes que llevo. A Madrid le he llorado más que a cualquier hombre. Madrid terminó de moldear a la persona que actualmente soy. Y tengo un miedo pavoroso de volver a Madrid.

Pero nada es gratis.

Para mí, el precio es que me cuesta mucho trabajo sentir que tengo un hogar, una casa. Un lugar del cual alejarme. La cosquillita de mudarme brinca cada que viajo, así sea al Distrito Federal. Estoy permanentemente insatisfecha, como en coitus interruptus de hogar.

1 comentario:

Reign dijo...

Te entiendo tan bien... o me entiendes tu a mi... o... ya sabes.

Viajar es condenarse a extrañar, pero aún así no quiero dejar de hacerlo nunca.