lunes, 23 de agosto de 2010

Cuélgate tu también


Lo tuyo nunca fue la súplica y escucharte por teléfono escupiéndome ruegos, como si yo fuera una especie de diosa milagrosa, lapidó la imagen que tenía de ti.  Qué idiota, ¿no te diste cuenta que de eso
huía? Solito te pusiste la soga al cuello.  Amoroso y dedicado, tallaste un altar para subirme sin calzones.  El mismo altar que ahora te sirve de plataforma para romperte el cuello.
Salta de una chingada vez. De dominante pasaste a sumiso y el jueguito ya no me entretuvo. En un inicio, sólo te iba a amarrar las manos. Tú me lo pediste. Sí, lo de la mordaza fue mi idea, pero tú te dejaste. Después de eso nos perdimos y comencé a golpearte hasta que el látigo se rompió.
Tilín tilín, hasta acá escucho el cascabel de perrito faldero. La baba te escurre de la cara y cae por el cable del teléfono. Lo alejo de mi oído asqueada. Tus ruegos ya me hartaron. Cuelgo el teléfono, cuélgate tú también.
Taller - 23/08/2010

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