martes, 10 de agosto de 2010

Las pinches llaves

Dar una copia de las llaves de la casa al novio/amante/pioresdedo es de uno de momentos cumbres en la vida de cualquier soltera. Sobre todo, cuando vives sola y por consiguiente, dejas tirados los calzones en el baño, lavas los trastes cada tercer día y te gusta escribir en pelotas en la computadora. Ya ven, pinches costumbres de solteronas.

Esas llaves son la entrada a nuestra intimidad y, aunque las demos con un “guárdamelas porque siempre las ando perdiendo” como excusa, es obvio que confiamos en el fulano en cuestión mucho más de lo que estamos dispuestas a aceptar en voz alta. En esta modernidad en la que comemos canderel en vez de azúcar y comida rápida porque no hay tiempo para más, dar las llaves de la casa de soltera es una fácil manera de endulzar los arcaísmos que significan las palabras fidelidad e intimidad.

La primera vez que di una copia de las llaves de mi casa, él casi no las uso. Si no era porque me llevaba borracha a casa o le pedía expresamente que las usara, mis llaves colgaban flamantes en un llavero clavado en la pared de su sala. Aunque no las usara con regularidad, bien que irrumpía en mi casa cuando se le daba la gana. Casi siempre lo hacía de noche y golpeando la puerta la puerta de madera con un ritmo continúo. Entonces me levantaba, dormidísima, despeinada y en pijama a abrirle. Como él estaba recargado en la puerta, caía de borracho en mis hombros y yo lo llevaba a mi cama. Le quitaba los zapatos y los pantalones, mientras el olor a tabaco y alcohol inundaba mi cuarto. Entonces él me contaba sus aventuras de la noche. En ocasiones, me hacía vestirme para que lo llevara a comer tacos de borracho o para que le sirviera de chofer hasta la mañana siguiente, valiéndonos madre el tener que trabajar.

El segundo individuo que recibió esa copia lo agarró con más confianza. Un día estaba yo escribiendo en la computadora en calzones y camisetita cuando entró. No escuché su carro y los perros no ladraron. Por eso, cuando me saludó con esa voz grave desde la entrada del cuarto, pegué un enorme grito; de esos gritos liberadores, que te salen del alma. Un par de sustos después, me acostumbré a sus interrupciones. De hecho, me gustaba mucho escuchar el pasador del cerrojo moverse y llamarme desde la planta baja. A veces, se metía a mi casa cuando yo no estaba para dejarme un regalo. Pero el mejor regalo era que hiciera un huequito en su apretada agenda para subir al chingado cerro y dejarme un detalle.

Lo gacho malo de dar pinches llaves es cuando las tienes de vuelta. Ningún caballero andante irá en tu auxilio cuando te quedes afuera. Nadie te pendejeará ni te verá con cara de “otra vez, pinche zopenca”. Y sobre todo, nadie se sorprenderá de la cochinada en la que vives. BUA.

Cuando mi querido amasiato se mudó para acá, también obtuvo su copia de las llaves. De llavero le puso un muñequito de esos de la caricatura de Mucha Lucha. Por eso, ahora las llaves tienen un nombre: el luchador. ¿Ya traes el luchador? Le pregunto cuando salimos de la casa y sonrío al ver cómo el monito cuelga de su chamarra o en la parte de atrás del pantalón. Y si consideramos el humor de perro de con el que despierto, ese apodo se está ganando el amasiato también.

6 comentarios:

isaako. dijo...

a mi aún no me dan las llaves de mi amasiata ):
pero tu sabes aun somos unos jóvenes pubertos calientes
tal vez sea por eso
y porque vive con sus papas :B

saludos.

Rox dijo...

Pues hay padres muy liberales que admiten a los novios pubertos y calientes.
¡EL HORROR!

Shatzy Shell, desde la estacion... dijo...

pues yo no tengo llaves todavía, pero ya vivo con él, ja. Pronto nos mudaremos y cada quien tendrá su propio juego de llaves.

RAH dijo...

oye y los hijos ya se adaptaron on andan chipils?

Rox dijo...

Shatzy: tonces como entras? o_0

RAH: Al principio le ladraban un poco. Ahora Scampi lo quiere y obedece más que a mí, snif. Pero gazpacho sigue siendo todo mio!!

Saludos ;)

Sivoli dijo...

dar llaves es un compromiso fuerte, no sé para los demás, pero para mí si lo es. Y efectivamente, es culerísimo cuando te las regresan. He preferido cambiar chapas que recibirlas de vuelta. Snif.