miércoles, 29 de septiembre de 2010

Colitis ulcerosa en fase terminal

Después del incidente, el Doctor Olivares se encargó de que nunca tuviera el culo cagado. Justo ahora está aquí, con su bata almidonada, verificando que el suero pase de la aguja al brazo. El piquete arde y entreabro los ojos. La cara de bulldog se dibuja a contra luz. Los enormes cachetes le cuelgan llevándose parte de los párpados y escucho su lengua chasquear mientras dosifica la entrada del líquido. Su credencial del Seguro Social cuelga de una de las bolsas del pecho; enfoco la vista en el pedazo de cartulina y descubro que el bulldog de la foto tiene pelo. Suspiro. Tengo el culo limpio y la operación será en un rato más.

Descanse Señora, me dice el Doctor Olivares. Ahora, sus palabras son muy diferentes a la reprimenda de bienvenida al hospital. Tenía que haber dejado hace mucho el picante, los carbohidratos y las grasas Señora. Ya ve lo que le pasa por no hacer ejercicio Señora. En realidad, el Doctor Olivares no fue el primero en sermonearme por no llevar una vida saludable. Esta enfermedad ya la tenía bastante anunciada.

Aquella noche, yo usaba un pañal de adulto zurrado bajo esta batita rasposa de flores. Está muy mal Señora, tiene colitis ulcerosa en fase terminal, debió venir antes Señora, me dijo. La reprimenda fue larga y estuvo atascada de “Señoras”. Tanto repitió esa palabra tras ese tapabocas, que terminé pensando que decía “Pendeja”. En resumen: yo me lo busqué y por eso, cagaba con sangre.

La intimidad no existe en este hospital. Una percudida tela corrediza es lo único que me separa de la mierda vecina; la que caga una comatosa que ya produce clorofila. No tuve otra opción que la seguridad social; estoy en quiebra por apostadora y borracha. De haber ahorrado el sueldo de gerente de Recursos Humanos, tendría un cuarto-hotel con batas de 20mil hilos egipcios y pantuflas acolchonadas.

El primer día, los coágulos tibios ardían al salir por el ano. No pasó mucho tiempo y el pañal de adulto dejó de ser suficiente; la mierda café y rojo me comenzó a escurrir por las piernas. Tuve que rogar a una enfermera para que lo cambiara. Acostada de lado, la panza se desparramaba hasta casi caer de esta pequeña cama. Me retorcía del dolor en la panza y, en más de una ocasión, estuve a punto de caer. Un poco de morfina aplacó el dolor, pero no la tibia caca chorreante.

Lo único que podía hacer era esperar a la operación de colon. Mínimo diez días para tener un quirófano Señora. Más morfina para la Señora. Esas fueron las instrucciones del Doctor Olivares.

El chirrido de la cama me despertó a media noche. Pero no era mi cama la que se movía, era la de la comatosa. Me tallé los ojos para despertar bien y afinar la mirada. Una sombra se movía sobre el colchón, empujando con la pelvis hacia la cabecera. ¡La comatosa despertó y quiere levantarse! Pensé. Pero un quejido grave me hizo cambiar de opinión. “Aggg Aggg Aggg Señora Aggg” escuché. Curiosa, apoyé los codos en la cama y me senté. Cuando mis ojos se acostumbraron a la obscuridad, vi una lengua negra jadeando. ¿El doctor Bulldog? Tal vez estaba soñando.

Los chirridos de la cama continuaron y los quejidos se hicieron cada vez más fuertes. No supe cómo reaccionar. Por suerte, mi cuerpo reaccionó por mí. Lo sentí pasar por el intestino y un retortijón me dobló hacia adelante. El pedo salió a presión por mi esfínter y el sonido retumbó la habitación. Con el olor, el Don Juan de las semimuertas salió de su éxtasis. Los ojos de bulldog se abrieron muy grandes al verse descubierto y, subiéndose los pantalones balbuceó al mismo tiempo que huía Se-se-ñora, yo-yo… Seño-ño-ra-a.

Como dije, la intimidad no existe en este hospital.

Por la mañana, el Doctor Olivares corrió la cortina que, en un apuro de amor, había olvidado cerrar. Ésta es la Enfermera Verónica, estará aquí para ayudarle si tiene ganas de defecar Señora, dijo con una mirada que me hizo sentir transparente. De pie, con la espalda muy recta y las manos en su espalda, la impecable flacucha asintió con las pestañas.

Además, le tengo una gran noticia, Señora. Logré programar su operación para mañana. Sonreí complacida. Ser testigo de un romance furtivo no resultó ser tan malo. El Bulldog salió del pedazo de habitación que me toca y la flaquita recogió el set de limpieza del piso y lo colocó en la mesa de metal, a un lado de la cama. De su canasta sacó un par de guantes verdes y un tapabocas. Pobre ilusa; creyó que eso sería suficiente protección contra el olor de mi caca. Si lo sabré yo que tantas cacas de cruda he tenido. Con voz seca, pidió que me pusiera de lado. Acaté su orden al instante y me abrí la bata, apuntando mi trasero a su cara. Escuché las cintas del pañal despegándose y sentí las manos plásticas de la flacucha en la panza. Moviendo el pañal entre las piernas, me retiró el mazacote de caca quemada.

La pobre debe necesitar mucho este trabajo: el olor ácido de esta caca se estanca en la nariz todo el día. La flacucha mojó una esponja en un recipiente con agua tibia y lo pasó con suavidad, abriendo las nalgas celulíticas con sus dedos. La esponja recogió los restos de esa mezcla blanda que se había quedado pegada y volvió al agua. Una tos temerosa salió de la flacucha mientras exprimía la esponja. Tal vez quería vomitar. Tal vez, debió estudiar para secretaria.

¿Tiene familia Señora? me preguntó la flacucha. Supongo que tenía la esperanza que alguien viniera a limpiarme el culo por la noche y así evitar el tormento vespertino. No tengo, contesté con un pedo. Me disculpé sin realmente sentirlo.

La flacucha se fue con el rostro desfigurado. Moví, de lado a lado, este enorme y radiante trasero contra la cama. Las nalgas, antes embetunadas, estaban limpias por fin. Así es la vida: uno no sabe qué mierdas ajenas terminará limpiando.

2 comentarios:

Iosephus dijo...

"Así es la vida: uno no sabe qué mierdas ajenas terminará limpiando." En muchas ocasiones así es precisamente el mundo laboral... Saludos.

Angel Panza dijo...

Excelente relato.
Sí, en verdad excelente.
Gracias.