sábado, 18 de septiembre de 2010

Desperté de madrugada y en un lugar común

Mis perros aun duermen en mi cuarto, aunque ya lo hacen en el piso. Roncan sobre dos colchonetas de piel que mi mamá les hizo, ya que las de tela acababan con el relleno por fuera. Afuera, hay una perra callejera en celo y a cada rato se escuchan chillidos histéricos de cogida. Entonces, Scampi y Gazpacho corren a la ventana a ladrar, como queriéndose unir a la fiesta. En realidad, sus ladridos no me molestan… excepto a las 5:30 de la madrugada.

Me despertaron y encontré que soñaba con Tony Soprano, ese gordito tan endemoniadamente sexy. No, no era un sueño erótico, sólo veía a Tony reírse con ese gesto de ardilla en el que levanta la trompita y enseña sólo un pedazo de los dientes de arriba. Lo absurdo fue que las escenas se movían como en una presentación de Prezi. That Fucking Thing.

A mi amasiato no le importaron ni mis gritos, ni los de mis perros. El siguió durmiendo. Nunca había conocido a alguien que durmiera tan profundamente como él. Lo envidio y mucho. Envidio la baba que fluye, el que duerma sin almohada y que se agandalle la orilla libre de la cama con la excusa que es zurdo. Envidio que nunca tenga insomnio, que vuelva a dormir como si nada y que lo haga hasta medio día si lo dejo.

Entonces, me convierto en lo que siempre odié: una esposa-madre que levanta, pone suéteres y exige habitaciones recogidas. ¿Por qué Buba, porqueeee?

Nadie me lo advirtió.

***
Me despierto y releo mi cuento cagado. No es que sea chistoso (aunque anticipo risas) o que sea una cochinada (aunque depende de con qué lo compares). Es un cuento donde la protagonista está embarrada en su mierda, literal.

No es mi cuento favorito. Vamos, ni si quiera es especial. No me salió del alma y tampoco requirió de mucha inspiración. Pero hay que escribir mucha caca antes de escribir bien. Por eso, me concentré en las imágenes. Me inventé un doctor con cara de Bulldog y una enfermera parca.

Escribir ficción no es fácil y, aprovechando el tema escatológico, a veces duele como caca de alitas de habanero. Duele la corrección, duele la edición, duele la retroalimentación. ¿Cómo no entienden lo que digo!? grita el escritorcillo que habita en mis intestinos. El otro escritorcillo, el que está en mi cabeza lo ignora y sigue amontonando ideas que, cuando llegue el día, el segundo cagará.

***

Acaba de sonar la alarma de las 7 y el amasiato no tuvo la decencia de despertarse.

O me duermo o lo cago. Uhmmm…