jueves, 7 de octubre de 2010

La noche perfecta en el DF


1. Panadería La Ideal
Mi abuelo Hermilo era joyero y tenía su taller en el mero centro del Distrito Federal.  Por las noches, llegaba a casa con una caja de cartón adornada con la imitación de un azulejo blanco y flores azules.  Era pan de La Ideal; la pura vida en caja.  Mi pan favorito era el de muerto.  Además del placer obsceno de sopearlo en el chocolate, ese pan guardaba una sorpresa entre la harina con sabor a mantequilla: una calaquita de plástico para colgarla del cuello.  Entre más grande era el pan, mas grande era la calaca.  Mi abuelo tenía que comprar dos enormes panes, para sus dos consentidas nietas.
2. Donceles
La librería de viejo olía a polvo y papel... viejo.  Sus paredes estaban llenas de envidia.  Fui directo a la G de Garibay, tomé los 5 libros que había y me tiré al suelo a ojearlos.  Eran ediciones viejas con letra de máquina de escribir.  Todos esos libros habían pertenecido al mismo individuo; lo sé porque tenía rayoneado con su nombre la primera hoja de cada libro. ¿Porque los vendió? Tal vez murió y sus hijos, ese par de incultos, los vendieron por 3 pesos.  O quizá el pobre se tuvo que mudar a un asilo y reducir las pertenencias de toda una vida a una recámara.  Sabe pues.  Esa noche decidí heredar mis libros de Garibay a quien de verdad los aprecie.
3. Café Chino - mexicano
Salimos de la librería siguiendo una caja de la panadería La Ideal.  Cuando llegamos a ese expendio de placer, sólo había galletas.  Como nuestras lenguas ya babeaban por una dotación de azúcar, decidimos ir a un café.  Un "¡café de chinos!" grité emocionada.  Nuestra guía nos llevó a la Pérgola, donde lo único chino, es el café.  El restaurant, adornado con papel picado de colores patrios, estaba hasta su madre.  Un anuncio de "no se vende alcohol a uniformados, niños o sin alimentos" nos hizo la noche con divagaciones estúpidas de los uniformados y de los niños sin uniforme.  Cantamos con el mariachi y sopeamos nuestro tan ansiado pan en el café chino.  Me quedé con ganas de comer enchiladas o molletes que ofrecía su menú; aún estábamos llenos de la birria de La Polar.
4. El centro del DF
Me gustan las ciudades.  Necesito ruido, apachurrones, gente rara, borrachos tirados en la calle, olor a basura, suciedad y si hay decadencia, mejor.  Pero sobre todo, me gustan las ciudades viejas.  Y el DF, con sus 500 años de historia, vaya que lo es.  Cuando viajaba por Europa, pensaba en lo que había pasado en esas calles, lo que habían visto esas paredes altas de muros anchos.  También pensaba que sería muy chingón contarle a alguien lo que había pasado en esas calles o porqué se llamaban así.  
-Motolinía era un padrecito protector de indios- le dije a mi amancebado mientras caminaba de brazo por el paseo peatonal que ahora lleva su nombre.  Él me sonrió y cuidó que nadie me nalgueara mientras tomaba la foto perfecta de una noche en el Distrito Federal.


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