domingo, 31 de octubre de 2010

Mis horas en la cárcel

¿Cómo luce una delincuente? Hollywood y la televisión se han encargado de decírnoslo. Tienen el gesto fruncido, son sucias y andan con movimientos fuertes, desafiantes. Escupen palabras llenas de rencor y odio, aunque se les pregunte por la hora.
El instituto queretano de la cultura y las artes organizó la presentación de un libro en el centro de readaptación, cárcel o tambo femenil.  Yo no sabía ni de qué iba el libro o el autor, pero no iba a desaprovechar la oportunidad de metichear una cárcel.  Hablamos a la librería indicada para anotarnos y nos dieron las condiciones de ingreso: no llevar celulares, cámaras, aretes, cintos o bolsos.  Tampoco me dejarían entrar si iba vestida de color café.
Llegamos puntuales a la cita.  Cerca de 100 personas esperaban en la puerta.  Al verlos hacer fila, dije en voz alta ¿A esta presentación si vienen, verdad? ¡Qué morbosos! Una señora, ofendida, volteó a verme con cara de “tu lo serás”, pfff. 
Comenzaron a nombrar lista y entramos.  En la primera barrera, un par de policías  recogía libros y bolsos.  Formaditos y de cinco en cinco, pasamos por el detector de metales y caminamos un largo pasillo hasta la entrada de la cárcel.  Con credencial de elector en mano, me anoté en la lista de morbosos.  Pasamos más puertas, cada una resguardada por gruesas custodias.  La mayoría nos saludaba con amabilidad. 
Por fin, llegamos a un patio cubierto por un toldo.  En la orilla había pasto y mesas para comer.  Las internas ya estaban sentadas.  Las sillas estaban organizadas en dos grupos: el de las reclusas vestidas de beige y blusa blanca y las de los morbosos, vestidos de colores. 
Al principio, evité el contacto visual con ellas.  No sé por qué.  Son de esas cosas que te sorprendes haciendo y cuando te das cuenta, te sientes estúpida.  Me relajé y comencé a mirarlas.  El color de la ropa -beige- es el mismo, pero el diseño es diferente.  No hay "uniforme" oficial.  Todas estaban limpias y arregladas.  Me sorprendió ver a tantas pelirrojas y ningún maquillaje recargado. 
¿Qué habrán hecho para estar aquí? comencé a pensar mientras las recorría con la mirada.  Había algunas abuelas.  Ancianas que entrecierran los ojos para enfocar mejor. Otras, jovencísimas de cutis terso y trenzas gordas.  Unas madres cargaban a su crío en brazos o lo atendían desde la carriola.  La mayoría estaba entre los veintes y treintas y esperaban pacientes a que el evento comenzara.
Sentí un nudo en la garganta.  Supongo que algunas de ellas si son culpables de algún crimen.  Pero en este México donde la “justicia” está ligada a la condición social e intelectual de la gente, el estar ahí, con ellas, me movió.
La presentación comenzó con un grupo musical.  Canciones de la independencia dijeron que eran.  Su líder, casi no volteó a ver al grupo vestido de beige, a pesar de que el ánimo era más fuerte de ese lado.  Se oían aplausos y risas.  La última canción, “Vámonos” de José Alfredo, hizo cantar a todos.  Gritos de ¡Otra! ¡Otra! se escucharon de aquél lado y el organizador prometió regresar a un concierto decembrino.
Entonces comenzó la presentación-conversación del libro.  Reconocí el pelo negro y rizado de la presentadora.  Había sido mi maestra del diplomado en Historia de Querértaro.  La presentación pintaba mejor cada minuto.  Así me enteré que el libro se llamaba “Adictas a la insurgencia” y la autora se llama Celia Palacios.  La conversación entre las dos historiadoras fue fluida y entretenida.  Las anécdotas de las mujeres independentistas tenían al público cautivo.  Tanto la autora como la presentadora hablaron viendo a las internas directamente.

El libro había sido proporcionado con anterioridad a las reclusas y, en la ronda de preguntas y respuestas fueron muy participativas.  Incluso, la pregunta de “¿Porqué venir a la cárcel a presentar un libro?” logró que el público explotara en aplausos.  Celia Palacios se mostró muy receptiva a las preguntas y se veía contenta de estar ahí.
Compré el libro (100 pesitos) para la firma correspondiente.  Volvimos a recorrer las puertas andadas y después de firmar la salida, fui libre otra vez.
El título del libro, Adictas a la Insurgencia, era el cargo bajo el cual eran encarceladas las mujeres revolucionaras.  Para las mujeres de entonces, el querer ser libres no llegaba a ser considerado como una idea.  Porque las mujeres no piensan, sólo siguen como borregos. ¿Cierto?

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