martes, 23 de noviembre de 2010

Me rompí el diente roto


Tenía unos dientes enormes.  Yo era más dientes que niña. Mi boca no cerraba por completo; los dientes estorbaban para poder juntar los labios.  Por eso hacía muecas con frecuencia y la baba escurría con libertad, asquerosa libertad.
Una tarde soleada caminaba en Plaza del Sol con mi nieve Bing en mano.  Fiel a mi costumbre de buscar estrellas en el día, me estampé contra un poste con toda la cara. Es decir, con todos los dientes.  Fue así como me rompí uno de los dientes incisivos del maxilar superior. 
Mi madre me llevó al dentista quien completó el diente con un pedazo de acrílico de última tecnología.  Años después me pusieron b+r+a+c+k+e+t+s, me sacaron 28 muelas y torturaron mi boca mes a mes durante tres años para aventar los dientes de castor hacia atrás.
A los 15 mis dientes eran perfectos y dejé de babear.
Así se mantuvieron hasta hace algunas semanas, cuando me rompí, o mejor dicho, me tiré el cacho de diente postizo que me pusieron a los ocho.  Era de noche y estaba media congelada en el techo de una casa que está junto al río Querétaro.  La luna caía hacia el poniente (en realidad no sé dónde es el poniente, pero suena romántico) y había una estrella saltarina que me tenía hipnotizada.  Adivinaron, estaba borracha.
El vaso, uno de esos de vidrio grueso y tamaño no-me-chingues, fue el ejecutor.  Escuché el golpe astillado y al tragarme la cerveza, mi lengua lo confirmó: el diente, que a los ocho años había sido mutilado, estaba roto.
Bah, después me lo arreglo, pensé al día siguiente al ver mi sonrisa tronchada en el espejo y, fui a curármela con micheladas.
Casi un mes después, decidí dejarlo como está, con la orilla interior rota.  En una de esas divagaciones que tengo cuando veo a mis perros cagar, pensé: ¿Qué tan diferente hubiera sido mi vida si nunca lo hubiera arreglado? Ya saben, el efecto mariposa. Con una dentadura imperfecta…  ¿hubiera intentado no ser “doña señorita perfecta”? Ya sé, a veces pienso muchas cagaderas.
Lo que es cierto, es que me gusta mi diente roto.  Me siento bien cool y malota. Invento historias sobre su ruptura y me he aficionado a morder gente. Ggrrr

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