Cuando era una niña, una misteriosa carta sin remitente apareció en el buzón de mi casa. El autor no-intelectual de esa carta (fotocopiada a muy baja calidad y firmada con pluma azul) pretendía que yo reimprimiera, o de menos, transcribiera su contenido y lo distribuyera cierta cantidad de veces. La carta prometía que, días después de haberlo hecho, algún milagro ocurriría en mi vida: ganaría la lotería o tendría amor y salud eterna. El castigo, por no seguir sus instrucciones, era tan horroroso que ni siquiera lo recuerdo.
“Es una tontería”, me dijo mi padre al leerla. Me explicó que si quería salud debía comer bien y hacer ejercicio, que el dinero seguro llega trabajando y que el amor no se da bajo condiciones. Esa carta es una versión primitiva de las horribles y famosas cadenas de spam que, en la actualidad, entorpecen el correcto uso de email, redes sociales y demás plataformas del Internet.
Yo pertenezco a la generación del Internet. Crecí con él, perdí el tiempo en él y hasta hice amigos utilizándolo. Tengo cinco blogs, twitter, facebook y favoritos en Google Reader. ¿Cómo no amarlo? ¿Cómo no defenderlo?
El rostro de mi abuela Cuca, con millones de arrugas amontonándose alrededor de la boca y la frente mientras exhala un “¡dios mío! en mis tiempos…” me viene a la mente cuando escucho sobre “Los peligros del internet”. Puedo ignorar esa imagen. Puedo tachar las ideas de obsoletas, a la gente de miedosas, viejas, tecnológicamente atrasadas. Seguiría escribiendo en mis blogs sin considerar su opinión, actualizando mi geolocalización desde el smarphone y chateando con personas que nunca he visto en mi vida.
Lo cierto es que no quiero, que la situación me preocupa. Me preocupa, por un lado, que mis letras sean denigradas haber nacido en un blog. Me preocupa el muro que se está levantando entre las relaciones “normales” y las relaciones por internet. Me preocupa que el miedo llegue al poder y prohíban, nieguen o obstaculicen, como en China, el acceso a la Red.
El Internet es el medio, no el fin. Las letras online no matan a las impresas. El estar impresas no las hace mejor que las de un monitor. ¿Qué es lo único que ha cambiado? El acceso es más rápido, su formato es más atractivo. El contenido, ese contenido que ha generado el hombre desde que pintaba paredes o tallaba piedras, depende directamente del intelecto del autor.
Sin embargo, los paradigmas establecidos están cambiando. Ése es el verdadero temor. Se culpa al facebook por los secuestros. Hay reporteros que insultan twitteros. Las revistas que no entienden que el pasar su contenido escrito a la red no es suficiente. Las ventajas del Creative Commons son incomprendidas para generadores de contenido que aún usan la leyenda de copyright.
En Internet, como en el arte, la ciencia o cualquier otra manifestación humana, encontramos nuestro reflejo. ¿Qué regresa ese espejo? ¿A quién seguimos en twitter? ¿Qué publicamos en facebook? ¿De qué hablan nuestros blogs? ¿A quién dejamos ver nuestra intimidad? Esas son las preguntas que es necesario responder, ya que la de ¿es un peligro el Internet? esta fuera de lugar.
Todas las herramientas online permiten elegir. Ésa es la clave no ahogarnos en el mar de información, en el miedo de sentir invadida nuestra privacidad. Si antes quitábamos del periódico la sección de sociales, ahora nuestros feeds no tendrán páginas de chismes. Si nos inculcaron a no dar nuestra dirección a desconocidos, tampoco la pondremos en nuestro blog.
Hoy, como siempre ha ocurrido, los niños necesitan que los padres los guíen. Sin embargo, es tiempo que los adultos aprendan a moverse con soltura ante estos nuevos paradigmas. El Internet ya se metió en nuestra vida para nunca más salir.
Esa carta que llegó a mi casa de la infancia ahora tiene más buzones. Cerrarlos no es la solución.
Ya se, este post está medio reciclado. Lo hice para un curso, pero más chingón que los 3 que había hecho antes. Y por cierto, me saqué 100 en esa tarea, ja! Y luego dicen que el blog es pura pérdida de tiempo...




