miércoles, 19 de enero de 2011

Facturación computita


Monterrey, mayo de 1998.  Era la primera vez que viajaba en avión sola y estaba un poco nerviosa. Checaba, un minuto sí y el otro también, un disquete de 3 1/2 en cuyos bytes había código fuente. No había desayunado y se me antojaban unos huevos divorciados. ¿Me alcanzarían los viáticos para el Wings? En el aeropuerto y por la hora inmoral del vuelo, había muchos ejecutivos enfundados en su traje gris y ahorcados con corbatas y responsabilidades.  Con seguridad, volverían el mismo día.  Yo también.  Mi objetivo en regiolandia, era instalar un programita de facturación que había desarrollado. Todos los ifs, else, whiles y arreglos mal declarados de esa mini-aplicación eran míos y de nadie más.  Me aguanté el hambre y no entré al Wings, no me fuera a dejar el avión.
Hacienda va a comenzar a permitir a las empresas impriman sus propias facturas, me había dicho mi jefe unos meses antes.  Me explicó el control de folios que había que tener, cálculos de impuestos y consideraciones de las plantillas de impresión.
Cuando terminé de programar, Fernando (mi jefe) me dirigió una mirada de satisfacción. Al final, no había resultado tan güey.  Tal vez por eso, me mandó a instalarlo a Monterrey.  Me recibió, en la puerta de la empresa regia (cuyo no puedo recordar) la Gerenta de Sistemas (tampoco me acuerdo de su nombre, pero tenía un largo pelo esponjado).  No sé si estaba emocionada por la nueva aplicación que llevaba en mi bolsa o su personalidad era muy efusiva, pero estaba encantada de tenerme ahí.
Durante la mañana, instalé y configuré el sistema.  El hambre apachurraba mis tripas. Debí haber entrado al Wings, me pendejeaba a cada rato.  Cuando por fin llegó el medio día, la Gerenta me llevó a tragar a un bufete de carnes asadas.  Me platicó que era fanática del Monterrey (¿o de los tigres?) y que se iba a casar (¿o se había casado?). Hablamos de todo (al menos lo hablable en un primer encuentro), menos de sistemas. Por la tarde, terminé de configurar la aplicación y emitimos nuestra primera factura en impresora de matriz (para que calcara la copia).  Todo salió perfecto.  Nos abrazamos, besamos y me subió a un taxi que me llevó al aeropuerto, donde un avión me regresó a Guadalajara, donde me recogieron mis papás y me llevaron a casa a dormir.  Al día siguiente comí huevos divorciados.
Esa fue la primera vez que atestigüé cómo algo que yo había programado, servía para algo.  Al menos, para algo útil, ya que los programitas de la universidad eran sólo para pasar materias.  Yo había creado algo que emitía facturas.  Amaizinnnnn.
Querétaro, enero 2011.  Después de tres meses de pruebas, bolas de stress en los hombros (gracias SAT), servidores en el extranjero, certificaciones mareadoras, entregas contra el tiempo, más stress, presentaciones nerviosas, equipos madreados, respaldos inexistentes, etcéteras, la facturación electrónica se ha llevado mi estabilidad mental. 
Creo que ya me merezco esos huevos divorciados. (También quiero a mi mami)

No hay comentarios: