martes, 14 de junio de 2011

Day 06 - a song that reminds you of somewhere

Mis ciudades están pegadas a la pared con tachuelas. Son fotografías de su mejor cara que alguien más tomó para colocarlas en pequeños kioscos de metal y venderlas a aquellos que quieren mandar recuerdos por servicio postal. Las imágenes están amontonadas sin marco u orden, tal como se encuentran aún en mi cabeza.

¿Cómo elegir entre los pasos de tango, el olor a sangría de un bar, el agua templada de un cenote o la gente apurada de una estación de tren?. Entonces caigo en cuenta de algo que no pensé al colocarlas: a ninguno de esos lugares volveré. Y no sólo porque están a muchos dólares de distancia o me faltan ciudades por visitar como Tokio, Tailandia o Tijuana (y sólo esas de la T). Nunca voy a volver porque las ciudades, como la gente, cambian.

Esa advertencia me la hizo un joven delgado con camiseta naranja y adorable acento inglés. Era el Berlín del verano de 2001. El metro cruzaba el río Spree y yo me aferraba al tubo para alcanzarlo a oír. “El Berlín que ven ahora, no es el mismo que verán dentro de cinco o diez años. Esta ciudad está acostumbrada a cambiar, espero que ustedes también”.

Mi estancia en Berlín fue muy breve, apenas dos días. Pero como ya he dicho antes, esas horas fueron el inicio de algo muy grande. Y no hablo de la colección de postales en mi pared, sino del conjunto de experiencias que fueron formando mi carácter.

La ciudad no existe sin su gente y yo me siento cómoda entre ellos. Son los que saludan, ignoran o regañan. Quienes la visten de colores y sonidos. Por eso la personalidad de cada ciudad es única. Aunque todas las ciudades son caóticas, cada una manifiesta y reacciona a este caos de manera diferente. En la Ciudad de México, venden comida en el periférico. En Madrid los bares están llenos de servilletas alas de mosca en el piso. En Buenos Aires, siempre hay tiempo para los piropos. En Roma, hay motos asesinas. No sé si la costumbre refuerza los estereotipos o vemos lo que esperamos ver. Tal vez haya algo de los dos.

Caminé por Roma junto a un mexicano que conocí en una exposición fotográfica. Julio César me explicó que la Roma que pisábamos era en realidad muchas ciudades. Los años se amontonan en el piso y las excavaciones nos muestran edificios con siglos de diferencia. Caminar por sus calles es caminar por el tiempo. El Foro Romano del siglo VIII a.C. o las columnas de lo que fueron los templos de Júpiter y Saturno, del siglo V a.C. Julio César me mostró las ruinas de un edificio: eran departamentos de la gente que habitaba durante la época de Cristo. Las ruinas podrían considerarse insignificantes, pero el saber cómo vivía la gente de entonces me emocionó. Del siglo I d.C el impresionante y fotografiado Coliseo Romano, salvado de la destrucción por un Papa. Roma sobrevivió a los saqueos y abandonos de la edad media para renacer con el triunfo del Papado. Encontré que los edificios del apogeo cristiano, como la Catedral de San Pablo y el museo del Vaticano, son más grandes de lo que se aprecian en la televisión. De los siglos XIX y XX se levanta la Piazza Venecia símbolo de la unificación italiana.

La ciudad es entonces, muchas ciudades. Ciudades que tuvieron que morir para que naciera otra: la Ciudad de mi tiempo. En mi país y en una de mis ciudades, ya lo había notado. De pequeña mi mamá me llevó al Templo Mayor a espaldas de la Catedral, en pleno Zócalo del Distrito Federal. Sus ruinas y la explicación de la mejestuocidad con la que se alzaban en el siglo XVI, me hicieron odiar a la Catedral Barroca. Imaginé a 230,000 mexicas navegando por sus canales y vendiendo su mercancía en la calle. Saber que esa metrópoli tenía más gente que las ciudades europeas de su época, como Constantinopla o París, me impactó.

Hace poco volví al centro de México para caminar sobre el tiempo. La Latino apuntando al cielo y que no le hace sombra al marmoleado Palacio de las Bellas Artes. Una casa de azulejos y su callejón en el que se quedaron atorados los coches de dos nobles de la Colonia. Los edificios art-decó se mezclan entre los coloniales, para terminar en el centro neurálgico de mi país, donde se organizan plantones y espectáculos. Caminé a espaldas de la Catedral y a un lado de Palacio Nacional, por la calle de Moneda. Ahí, los vendedores ambulantes ofrecen su mercancía a grito cantado. La tecnología también participa con canciones y voces grabadas que te invitan a comprar, desde ropa para perros hasta plásticos y bolsas. Comida, juguetes, ropa, aparatos eléctricos. Lo que necesites, puedes encontrarlo ahí.

La gente ya no es mexica. Sin embargo, la vida bulliciosa de sus antiguos mercados sigue ahí. En sus gargantas y mercancías. Entre el amontonamiento de gente y el olor a fritangas. En las atascadas calles del centro, el antiguo Tenochtitlán nace con cada sol.





U2 no es de mis grupos favoritos. Pero coincido con los irlandeses en que hay noches que las ciudades se ven hermosas.

Mario me pasó una mejor canción y video.

Have I been blind? / Have I been lost inside myself and my own mind / Hypnotized, mesmerized by what my eyes have seen


3 comentarios:

Mario dijo...

a lo mejor esta queda mejor para tu post:

http://www.youtube.com/watch?v=vwNMXdtcBa0

;)

Podríamos hacer equipo, tu pon el texto y yo la canción :P

Saludos!

Anónimo dijo...

Bravo!

Rox dijo...

Estaría bueno. Por lo pronto, actualicé esta canción porque me latió un chingo :)

Saludos!