jueves, 23 de junio de 2011

Day 13 - a song that is a guilty pleasure

Cuando vi la lista de canciones del reto, el único día que me hizo pensarlo 85 veces fue este: el del gusto culpable. Nada tenía que ver ese pinche numerito asustapendejos. Sabía perfectamente qué escribir. Intenté, no crean, evadir el tema. Tan sólo recordar ese periodo internada en el sanatorio me frikeó. Cuando me corrieron de la empresa porque parecía estar “en drogas”, adelgacé 20 kilos, me dio pulmonía y me quedó la vagina casi destrozada por el exceso de masturbación.

La culpable de mi gusto culpable, fue la edad. A los 30 las canas en la cabeza hicieron su aparición. No había pedo, siempre quise ser pelirroja. A los 32, un coqueto pelito blanco creció entre las pestañas de mi ojo izquierdo. No había fish, uso rímel morado. A los 34, creció una crespa cana en el tapete. Qué importa, casi siempre traigo calzones. Pero a los 35, nació una cana en la de nariz.

Una cana asquerosa y larga en la parte superior del hoyo derecho, justo el agujero prominente de mi chueca nariz. Y la muy cabrona, no conforme con ser blanca y gruesa, apuntaba directamente hacia afuera. La recorté un par de veces, pero crecía con una velocidad de eyaculador precoz. Entonces tomé unas pinzas de cejas. La acerqué al pelo maldito. Respiré hondo. Jalé.

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Hay chistes malos que dicen que esos pelos son los más largos porque al arrancarlos, lo sientes hasta en el culo. Pero es algo más. Es el calor que se expande por la nariz y hasta en la frente. Es el dolor punzante en la nuca. El pitido que rebota entre las orejas. El grito liberador, como un estornudo, un orgasmo.

Esa fue la primera vez. Esperé dos tres días a que la cana creciera. Pero nada. Sin embargo, un pelo negro se paraba muy acá dentro del hoyo izquierdo. ¿Por qué no? Pensé. Jalé. Jalé, jalé y jalé, todas las mañanas, durante 5 meses. Al final, los pelos que quitaba eran tan difíciles de agarrar que no me daba tiempo de maquillarme o desayunar. Y es que jalaba también a medio día y mientras manejaba. En frente de la computadora y mientras veía CSI. Incluso, aprendí a hacerlo sin pinzas: la cicatriz en mi dedo índice está de testigo de la crueldad de la uña del dedo gordo. Sólo detenía mi jaladera para comer (soy de pulcritud le-gen-da-ria). Así que dejé de comer.

Después de 5 meses, enfermé de pulmonía. La falta de pelos en la nariz fue una puerta abierta a los bichos del mundo. Para entonces, ya estaba delagadísima, ojerosa y con la nariz afilada. Del hospital, mis papás me llevaron a esa clínica de tratamiento para adicciones. Los doctores sugirieron masturbación como parte de mi tratamiento. Pero como ya conté, eso no salió tan bien.

Al final, sé que es muy cursi decirlo pero es la verdad, me salvó el amor. Nos conocimos dentro de la clínica. Lo llamaba Señor Maraca, porque solía tronarse compulsivamente los huesos del cuerpo. Ya saben, mover la cabeza para tronar el cuello, sacar la mandíbula inferior para hacer sonar la quijada, cerrar los puños para las falanges y las rodillas haciendo cuclillas.

Al salir, decidimos cuidarnos mutuamente. Los pelos de mi nariz ya crecieron. Inclusive la cana. El Señor Maraca la recorta cada tercer día con mucho cuidado. Y tenemos en la sala grandes rollos de tela de burbuja (esas de plástico con la que envuelven cosas), para que él controle su ansiedad. A ratos, el pinche sonidito de la burbuja tronada me pone nerviosa. Así que introduzco diferentes cosas en mis orejas para no escuchar. Quién hubiera pensado que los pelos que quedan en la regadera funcionan tan bien.



Ser norteña, cumbianchera, mariachiera y ranchera nunca me ha dado pena. Pero cuando salió el reggetón quise matar puertorros. Comencé a escuchar a Calle 13 porque, ¡ah! es Café Tacvba, Bajofondo, la Mala Rodríguez, pero la verdad el "terreno fértil para sembrar el dedo pulgar en la parte genital frontal vaginal ya me puse vulgar de mal gusto muy gráfico, sucio pornográfico" de esta canción me encanta.

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