lunes, 27 de junio de 2011

Day 15 - A song that describes you / vida de perros

No sé qué escribir sobre el tema que toca hoy. Tengo 7 años con un blog personal y cuando toca el turno de hablar de mí, lo bateo. Por eso, hoy toca hablar de los hijos.

Decir que se tiene una “vida de perros” es decir, de una manera elegante, que va de la chingada. Pero, como todo, depende de qué tipo de perros se esté hablando; porque los míos son un unos tiranos de colas movibles. Desde que tuve la grandiosa idea de levantarme a la 6:40 a.m. para ir al gimnasio, ellos han decidido que quieren salir a las 6 a.m. a obrar en nombre del señor. Ladran, lloran y gimen en la puerta del cuarto hasta que logran que me levante. No respetan sábados, domingos o crudas. No me queda más que ponerme las pantuflas al revés y sacarlos a cagar. Como cualquier madre responsable, salgo dormida y con el periódico bajo el brazo. Las secciones de sociales y política son las mejores para la mierda. A veces, mientras me agacho y siento la caca calientita a través del papel, me acuerdo de Seinfield; el chiste de que si los extraterrestres nos vieran en esa humillante posición no sabrían quién es el líder del grupo. A lo que iba es que yo soy una madre sumisa y responsable. Tan responsable que mis perros están castrados. Cuando los hombres se enteran que les mandé cortar los huevitos, van al baño a acariciarse los propios. Juran que nunca dejarán que me acerque a ellos con esas inmorales intenciones. Dicen que es un reflejo de mis ansias de castración masculina. Ni que estuviera loca. No sé por qué algunos de mis perros sí lo han estado. Tuve un cocker color miel que se llamaba Dogy. Daba vueltas por el jardín sin cesar, hasta dejó un círculo de tierra en el pasto. Enloqueció y se aventó a las llantas de un coche. Wilby, un poodle minitoy, era racista. Odiaba a los perros negros y se transformaba en un rottweiler cuando veía a alguno. Se suicidó tirándose del tercer piso de unos departamentos. Supongo que Palomo fue el más equilibrado. ¿La razón? No se crió conmigo. Era callejero y lo recogí adulto. Era una cruza de labrador y algo chino, porque tenía los ojos pequeñitos. Me caía bien por mamón. Si alguien lo acariciaba, hacía cara de “te estoy dejando que me acaricies”. A mí me sonreía. Enseñaba los dientes de adelante jalando los cachetes hacia atrás. Y respiraba fuerte. Como era más calle que Calle 13, se escapó y no supe más de él.
A Gazpacho lo recogí de un albergue de perros. Es un perro mártir. Tiene el pelo negro y sedoso; es de andar ligero y gusta de hacer pipí y olisquear todo símbolo fálico de la calle. En casa pone una mirada triste, como si su vida fuera puro sufrimiento. Se le cae el pelo como si tuviera necesidad de alfombrar el piso. Antes tenía los bigotes naranjas percudidos. De tanto lamerse el pito, supongo. Cuando está emocionado (porque llego a casa o es hora de salir o de comer) agarra un muñeco con el hocico y gime. También sabe hablar. Son gemidos guturales en los que abunda la “o” y la “u” y que nunca llegan a ser aullido. Antes (de Ricardo) Gazpacho y yo hablábamos más. Lo subía a la cama y le contaba de mi día mientras él me ignoraba recargando su hocico en mi panza. De cuando en cuando me mandaba una mirada de “a ver si ya te duermes”. Gazpacho come decentemente, nunca se atraganta. Ni siquiera cuando le ofrezco pan o jamón. Se agacha sobre su planto, toma algunas croquetas y levanta la cara hasta que termina de masticar y tragar. La mayoría de las veces deja comida amontonada a un lado del plato de cerámica. En eso es donde se ve la diferencia de personalidad ante Scampi, a quien recogí cuando Gazpacho tenía 2 años. Scampi sumerge el hocico en las croquetas y lo saca sólo para escupir las bolitas que le impiden llegar a los pedazos de pollo. El sonido de croquetas machacadas no para. Siempre deja un poco porque se acuerda que Gazpacho está afuera comiendo. Scampi lo mira desde el ventanal que separa el comedor del patio. Se sienta frente a él y lo mira fijamente, como obligándolo a desistir. Gazpacho accede y deja de comer. Entonces dejo entrar a uno y salir al otro para que se terminen las croquetas el uno del otro y viceversa. Scampi me recuerda a mi hermana; cuando era chiquita quería lo mismo que yo. Scampi es güerito y me gusta cortarle el pelo con Mohawak. Va con su personalidad desmadrosa y jodona. A diferencia de Gazpacho que odia a los hombres (y a la gente en general), Scampi quiere a todo mundo. En especial si ese todo mundo tiene algo de comida para dar. Prefiere comer a andar corriendo. En el parque, se arrastra de panza, empujándose con las patas de atrás. Después se voltea y se rasca el lomo retorciéndose como serpiente hasta que se le quita la comezón. De tanto tragar, se ha puesto gordo y lento; ya no le gusta tanto correr. Scampi es el perro más cariñoso que conozco. Cuando escribo en la computadora está atrás de la silla, en vez de estar en su colchón. A veces me hago hacia atrás y lo atropello. Cuando están acostados en su colcha, se pone junto a Gazpacho y lo comienza a lamer. En las orejas, ojos, orejas hocico, cuello, lomo, pito. Puede lamerlo durante 20 minutos sin parar. Gazpacho se deja, flácido y con los ojos semicerrados. La verdad, a mí me molesta un poco escuchar tanta baba correr, pero casi nunca me hacen caso.


Esta foto es de sus primeros juegos. Si ahora se encima Scampi, muere Gazapacho



Y hablando de animales, acá está Monkey Wrench; aunque no estoy segura que esta canción me describa. Sin embargo, describe lo que anhelo ser, snif.


Intenten seguir las instrucciones de Dave en el minuto 3.

1 comentario:

Beto dijo...

Sí, últimamente odio a los dueños de perros balanceados. D'esos que pasean felices por la calle sin saltar en cuanto ven un carro, no arrancan manzanos enteros cuando te vas, no hacen hoyos hacia el centro de la tierra, ni les da por hacer del baño y comer sus desechos cuando hay visitas, etecé, etecé, etecé.

Ah, en fin... El perro es el dueño.