lunes, 17 de octubre de 2011

Tía Rosa

Day 29 - a song from your childhood

Desde los cinco años sabía cómo era: las contracciones, los pujidos, el niño saliendo de la vagina.  Mis papás me lo explicaron con un libro de dibujos de anatomía.  El libro, no sólo hablaba del parto y el embarazo; también explicaba cómo respiramos y convertimos el alimento en energía; de las conexiones eléctricas del cerebro y los impulsos que nos hacen pensar y actuar. Sin embargo, de todos esos dibujos, del que me acuerdo con más claridad es el de la cabecita peluda saliendo entre las piernas de su madre.  



Cuando mi hermana y yo jugábamos a tener hijos lo hacíamos usando una muñeca, con las piernas abiertas y una almohada en la panza. ¡Puja! ¡puja! gritaba la que le tocaba ser el doctor.  La otra torcía la cara, gritaba algunas maldiciones y ¡tarán! nacía un bebé-muñeco entre la almohada que salía por las piernas.
               
La noche anterior a que naciera mi sobrina soñé que ayudaba a mi hermana a parir.  No estábamos en un hospital, ni tenía ropa de doctor, pero estaba frente a sus piernas abiertas.  Mi mamá ayudaba sosteniendo a mi hermana, que tenía un bulto muy pequeño en la panza.  Las tres estábamos tranquilas y no había drama.  Mamá apachurró el bulto un par de veces y yo recibí una niña... muy parecida a Pucca.



Minutos después me despertaron con la noticia que a mi hermana le habían comenzado las contracciones.  Eran las 5:30 de la mañana.  Brinqué de la cama, me vestí y desperté a mi Maridaje con el grito de ¡Baby Time!.  Saqué a mis hijos al parque y cuando volví, mis papás ya estaban dentro del coche.



Aún no salía el sol y, para ser domingo, había bastante gente en la calle.  Llegamos al hospital y nos encontramos a mi -muy nervioso- cuñado olvidándose hasta de la fecha de nacimiento de mi hermana.  Ella estaba en un consultorio y mi mamá (que había saltado del coche) ya estaba con mi Sis.  Cuando terminó el papeleo, la recepcionista dijo: “vamos a subirla a la habitación”.  Pensé que sería una gran foto para el álbum: “mamá subiendo a la habitación”.  Entré al consultorio.  La vi sobre una camilla, sosteniéndose la enorme panza y torciéndose hacia el centro.  Sudaba y estaba roja.  La cara, como cuando jugábamos a parir, estaba torcida.  Pero esta vez el dolor era real.

Ver a mi hermana sufrir me rompió la madre. Quise abrazarla, como esas noches de nuestra infancia en que ella tenía pesadillas y se venía a mi cama a dormir. Pero ese papel ya no me tocaba a mí. Cuando la pasaron a la silla de ruedas, le di un beso en la frente y se fue.



Pasó de tres centímetros de dilatación a ocho y el doctor no llegaba.  A las 7:30, por fin llegó y se fueron de inmediato al quirófano.  Media horas después tenía una sobrina con todo en su lugar. Mi Sis regresó sonriente y feliz.  En cambio, yo tenía el ojito de Remi.



Mi sobrina es el primer nieto.  Yo sé que no quiero tener hijos, pero nunca le pregunté a mi Sis cuál era su postura al respecto, aunque nos reímos mucho al descubrir en el librero de mis papás la “Guía del Abuelo”.  Ella es menor que yo, pero también pasa los 30.  Así que la nietecita llegó cuando mis papás ya estaban resignados a ser sólo tio-abuelos.



Ser tía no es algo que yo hubiera anhelado. Nunca pensé Un día que tenga un sobrino, lo voy a llevar al Chimulco.  Nada tuve que ver en la planeación, gestación o nacimiento.  Ni siquiera le he dado un regalo a mi hermana o a mi sobrina. Pero estuve ahí la primera vez que le dieron chiche. Le sequé el sudor a mi hermana y le daba golpecitos a mi sobrina en las plantas de los pies para que no se durmiera.  Vi que su mamá no sabe hacerla taquito (ni su tia, ni su abuela) porque la chamaca insiste en sacar las manos de tiranosaurio.



El día que salieron del hospital volví a Querétaro.  Aún no salía de Guadalajara y ya extrañaba a mi sobrina.  Aunque no hace mucho más que dormir, comer, cagar e intentar sacar las manos de las cobijas, quiero estar con ella.  Pienso cómo consentirla y malcriarla. En que vamos a jugar a hacer inventos y nos disfrazaremos de zombies. Quiero escribirle un cuento y que las ilustraciones adornen su cuarto.  Que cuando crezca un poco, la dejen venir de vacaciones para llevarla al circo que está en el centro y comer elotes hasta casi vomitar.  Y cuando crezca más, llevarla a Europa.



Mi sobrina me ha vuelto en una chípil maricona.  Hablo más a Guadalajara y pido que me la pongan en Skype.  Ya tengo a mi Maridaje hasta la madre con mis lloriqueos y detalles insignificantes de la chamaca: que los ojos aún no agarran color, que lloró mucho una noche, que la chiche no la llena.  



Nunca pensé que me iba a sentir así.  Así tan feliz.


Phineas y Ferb no es de mi infancia, pero es mi caricatura favorita de todos los tiempos por muchas razones que después diré.  Entre ellas, las canciones que rulean harto.

4 comentarios:

Mario dijo...

Ahora multiplica ese sentimiento por 1,000 y eso se aproxima a dormir tu propio hijo en los brazos,

Felicidades tia!!!

Dib dijo...

Been there.

¡Felicidades Rox!

Ya no mencionaste nada de eso, pero... ¿Habrá cambiado tu intención de no tener hijos? ¿Cuando la veas en su festival en el kinder bailando "Pajaritos a volar" no querrás tener una?

Rox dijo...

Mario: ¡gracias!

Dib: No lo sé. Por ahora, la quiero a ella, no a un ser que no existe... Saludos!

Ernesto dijo...

Ser tío es genial; hace ya casi tres años, cuando mi hermano menor le llamó a mi madre y le dijo: "¿Qué crees?, vas a ser abuela". Mi madre no cabía en felicidad y yo no sabía que pensar.

Hoy día muero de amor por esa pinga y creo que pocas cosas me hacen tan feliz cuando me dice: "enesto" con esa voz de niño aprendiendo a hablar.

Felicidades a ambas!