sábado, 5 de noviembre de 2011

Blumy cara blanca y huevos colgantes

Blumy llegó a casa de mis papás hace tres años. Tenía 10 de edad y las patas tan débiles, que se resbalaba en el piso. Una prima se los dio con la excusa de no poder cuidarlo. Después se compró un par de chihuahuas. Mi mamá dice que lo adoptó porque es algo que yo hubiera hecho; además, ya jubilados tendrían el tiempo para atenderlo.

Una vez que se acostumbró a ellos, Blumy agarró a mi papá de líder. Lo seguía hasta el baño y le lloraba cuando le cerraba la puerta o se iba a la calle. Comenzó a mover la cola más seguido, las piernas se le fortalecieron y hasta corría en el parque cuando veía a sus amigos. Engordó y ladró más. A mis perros los soportaba como un abuelo serio. Sobre todo a Scampi, que corre sin importar a quien tira. Su veterinario de toda la vida no se creía la forma en la que se había fortalecido el perro viejo.

Como cualquier anciano, tenía algunas manías: no comía si no estaba acompañado, se negaba a salirse a dormir a su casa y se mordisqueaba las patas hasta sangrarlas. Con monos de peluche y carnazas empezó a dejar ese hábito. Sus huesos sonaban contra el piso cuando se dejaba caer y sólo con pedazos de queso o llamadas extracariñosas se levantaba. No le importaba estorbar y que lo jalaramos a una esquina. Abría un ojo como diciendo, ya estoy viejo, arréglatelas tú.



Blumy comenzó a no querer comer bien hace más de un mes. Dijeron que tenía laringitis. Los ladridos estaban rasposos y caminaba menos. Yo lo ví hace una semana y seguía sin comer bien. Pero movía la cola cuando le hablaba y cargaba sus monos.

El jueves le pusieron esa inyección que los duerme y después los mata. Al parecer, estaba sufriendo mucho: el corazón estaba muy débil y los pulmones no lo dejaban respirar bien. El veterinario aseguró que el perro sufría, que no entendía porqué seguía en pie.

Así son los perros. Y aún así, hay gente que los tira a la calle.

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