martes, 24 de julio de 2012

En Madrid, una gitana me echó mal de ojo porque no le acepté una ramita y a los pocos días me esguincé el tobillo


Ahí estábamos, en un Sol sin su Tío Pepe (chingatumadreApple) ni indignados del 15M, pero con un montón de calor.  El día anterior, los gachupines nos habían dejado entrar por el aeropuerto de Barajas sin siquiera mirar los miles de euros que traíamos o las escrituras de mis propiedades en México.  Apenas dos días antes de nuestra partida, el gobierno español aceptó, en un ataque de amistad y fraternidad *cofputitoscof*, que los mexicanitos podíamos visitarlos sin carta de invitación.  Y yo, que traje un jarabe tapatío en los intestinos durante los días previos, casi me sentí decepcionada de que nos dejaran entrar y que además, nos desearan “buenas vacaciones”.

Como dije, mi Maridaje y yo estábamos en Sol y recién nos habíamos perdido por la Calle Mayor ya que hicieron peatonal a la calle Arenal y me destanteé al no encontrar el antro Joy.  Y yo, que solía pedir dinero y hacer pipí en esas esquinas estaba inconsolable: no sólo me quitaron al Tío Pepe (chingatumadreApple) y movieron al Oso, también le quitaron lo orgásmico al Chocolate San Ginés.
Madrileñas que nada tienen que ver con el texto pero que buscan tener su atención

Madrid, ese Madrid que tiene un propio blog, no existía más.  Desde el primer día me di cuenta, pero me negaba a aceptarlo.  No importó que a las cuatro cervezas recuperara mi hablar en tiempo compuesto.  Que se me saliera una lagrimita al saborear un jamón ibérico.  Que viera a sus viejitos al sol y las morras enseñando nalga. Que la misma voz me advirtiera en el metro “estación en curva, al salir, tenga cuidado de no introducir el pie entre coche y andén”.  Madrid se había convertido en ese ex novio al que vuelves a ver unos años después y te preguntas: ¿Qué chingados le vi?

Anyway: Íbamos caminando por el McRoñas de Sol  cuando una gitana me ofreció una ramita y ya tenía mis dedos índice y gordo tomando la ramita cuando de golpe, recordé: fue el día que cumplí 30 años.  Trabajaba en la calle junto a mis amigas.  Me habían regalado una falda larga y azul. Abrazadas de los hombros, cantábamos en la calle alguna estupidez como “búscate un hombre que te quiera, que te tenga llenita la nevera” y en cuanto veíamos un chico guapo pasar, nos parábamos frente a él y le ofrecíamos la salvación de su alma mediante el apadrinamiento de un chamaco del tercer mundo.  Sí, yo trabajaba como esos, pero los de ACNUR son unos salvajes, le dije a mi Maridaje cuando un chico se nos acercó y nos ofreció la salvación de nuestra alma en pro de los desplazados por las guerras.  Como estaba diciendo: cumplía 30 años y por andar cantando en la pendeja, una gitana me ofreció una ramita de la suerte y yo se la acepté.  Acto seguido me pidió dinero, porque todo mundo sabe que la suerte se paga y no acepta ramitas de vuelta.  Y como quitarse de encima a una gitana es inviable, le tuve que soltar unas monedas. 

Perrito lindo que pongo porque este es mi pinche blog

Por eso, en Sol frente al McRoñas, mi dedo índice no se juntó al gordo y no tomé la ramita.  Mi Maridaje, que desconoce las fluctuaciones de la suerte y que no alcanzó a ver (el pobre tiene un ojo virolo) me preguntó ¿Qué pasó? Me iba a dar una ramita y como no se la acepté, me lanzó una maldición, le dije.  Reímos ante la expectativa de estar malditos, besados por el chamuco y de morir quemados al visitar la Almudena.  Yo reí más, porque la verdad no vi que me maldijera, inventé todo el asunto y él se está enterando justo cuando lee esto con su ojo no-virolo.

Pero lo del esguince en el tobillo es real.  Demasiado pinche real. Me duele hasta escribirlo. FIN.

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