sábado, 18 de agosto de 2012

Put that in your pipe and smoke it

Ya sabemos lo que pasa con la gente que vive en islas: se vuelven locos. Y es que cuando a huevo tienes que cruzar el mar para chingar a tus vecinos, no te queda otra que organizar los Juegos Olímpicos y obligar a todo el mundo a tragar Fish and Chips con los pies mojados. Son crueles esos ingleses. Sin embargo, esa locura provoca destellos de genialidad. No, no hablo de Beatles y compañía. Hablo de series de TV.

En esos canales británicos hay zombies católicos que persiguen a jóvenes maleantes con superpoderes. Un primer ministro obligado a cogerse a una cerdita en cadena nacional. Un policía investigador que rechazado por sus formas, sufre acoso sexual e intelectual de una inteligente y bella asesina. Una asesina a sueldo que se entera que el pito que ahora quiere cortar le hizo un hijo y decide cuidarlo junto a sus 3 emputados niños de su ex. Y por supuesto, no podía faltar la nobleza, con su noción retorcida del deber, el honor y por supuesto, el poder.

Downton Abbey

El primer capítulo comienza con un ejército de impecables sirvientas haciendo camas con edredones pachonsísimos, poniendo leña en las chimeneas en salones de oro, lacayos limpiando plata, cocineras hirviendo docenas de ollas. Un hotel, pensé. Así que cuando vi que en Downton Abbey vivía una familia de cinco, se me cayeron los chones. Cinco que son atendidos por una servidumbre de mínimo 15 personas. Sí, es un drama. Corrijo: es un dramomón.

¿Quién tiene una pinche casa así? El Conde de Grantham, Robert Crawley. Aunque el hombre se casó por dinero tiene un alto (y complicado para mí) sentido del honor. Sabe que no fue bueno ni para tener un hombrecito y su matrimoniada fortuna irá para su sobrino. El mentado sobrino tuvo la mala suerte de comprometerse con Mary (su caprichosa primogénita) y de morirse en el Titanic. Ah sí, la serie es de época y mezcla la historia de Inglaterra (y del mundo) de principios del siglo pasado con la historia de los habitantes de la mansión. En la trama vemos desde la invención de la luz eléctrica y el teléfono hasta la primera guerra mundial. Mary tiene que gustarle el nuevo heredero –Mathew- y así continuar tener títulos, dinero y casita. Sin embargo, Mathew es un peladito al que le gusta trabajar de abogado. ¡Un noble trabajando! ¿Cuándo se ha visto? A la familia la complementan una hija fea y otra bonita, pero de peligrosas ideas libertinas. La mayonesa sobre las papas fritas es la abuela, Violet Condesa Viuda de Grantham, una viejita marionetera que sabe qué hilos mover para controlar a la familia. La Condesa Viuda es la aristócrata británica por antonomasia. Sus comentarios clasistas son divertidos e ingeniosos y lo mejor es que parece no darse cuenta que son clasistas y retrógrados. Como buena suegra, su nuera Cora no le es nada simpática. Cora era una plebeya y su única virtud era el dinero. Aun así, Cora es inteligente y sabe cómo torearla. Ambas se unen para padrotear a Mary.



No tienen sangre real, pero los dramas de los sirvientes también son desgarradores. El Señor Carson es el mayordomo y quien realmente dirige Downton Abby. Tiene ahí toda su vida y por eso, ama a la familia Grantham como si fuera la suya. Supongo que el ser un viejo solterón ayuda. John Bates es el cojo valet del Conde. Lo ayuda a ponerse sus pijamitas y está dispuesto a morir por la familia Grantham. Tiene un pasado oculto y su enorme honor le impide encamarse con Anna, una de las sirvientas. A todas las sirvientas las dirige otra solterona, la Señora Hughes. La tensión sexual entre Anna y Bates es traumática, horrorosa y una patada en las chiches. Algo así como Anthony Hopkins en “The Remains of the Day”. Pero no todos los sirvientes son tan *cof*pendejos*cof* fieles. O’Brien es la sirvienta que ayuda a la Condesa a lavarse la espalda. Intrigosa y cizañosa, se dedica a hacerle la vida de cuadritos al honorablísimo Bates y a otros sirvientes. A O’Brien ayuda de un mesero maricón, un verdadero hijo de la chingada cuyo nombre no recuerdo.

Es una telenovela, lo sé. Y no me da vergüenza admitir que lloré con el final de la segunda temporada. No hay encueradas, malas palabras, situaciones extraordinarias o nuevas formas de contar la historia. Multinominada y premiada, la gente que habla de la magnífica producción, los detalles de época o las actuaciones. Pero lo que realmente nos encanta es el drama existencial de ricos y pobres.




¿Demasiada ñoñería y cursilería? un capítulo de Hit and Miss quita el empacho.

2 comentarios:

Juanma dijo...

El "What is a weekend?" de la condesa es uno de los momentos míticos de la historia de la televisión. :-D

Rox dijo...

a mí me gusta pensar que así es la reyna Isabel. Se le quita lo aburrida, al menos :)