martes, 7 de agosto de 2012

Quiero morirme en San Sebastián


Me despertó uno de mis ronquidos.  Volteé hacia arriba con los ojos entreabiertos. El sol de la mañana me deslumbraba. Vi que mi Maridaje también dormía, a pesar de estar sentado y que sus muslos eran mi almohada.  Esa banca del parque fue nuestra cama durante algunas horas, en la que nos resignamos a esperar que San Sebastián (Donostia en vasco) despertara.  El plan inicial era irnos a dormir a la playa, pero la noche anterior había estado lloviendo y nuestras toallas de viajero eran pequeñas y delgadas.

Vista desde mi hotel-plaza

Casi eran las nueve de la mañana y la plaza seguía vacía.  Un indigente (¿recién indigente?) dormía en otra banca.  La chica del perrito que lo sacaba a pasear.  Y más allá, en la playa los había gente corriendo y los más extremos, nadaban.  San Sebastián está al norte de España y tiene una playa en el Atlántico.  Friísima, aunque estuviéramos en verano.

A pesar de la crisis, los españoles siguen despertándose tarde.  El tradicional desayuno de bollito y café cortado garantiza, incluso a los cocineros, el santo derecho a dormir.  No hay comercios o museos abiertos y para los recién aventados del autobús y sin derecho a cama hasta medio día; lo único que queda es esperar.  Así que esperamos… en una biblioteca.

Visitar bibliotecas y librerías bajo estricta planeación puso rumbo a nuestros días en España.  Mi Maridaje es un literato de tapa dura.  Y casi todos los días, me preguntaba muy temprano. ¿Y sabes por donde es Recoletos? ¿Ubicas Diagonal? Buscaba versiones descontinuadas, autores no publicados en México o ediciones de bolsillos barasbaras a pesar del euro.  No le hacía el feo a los libros de segunda o de autores desconocidos.  Volvimos con 18 kilos de libros.

Junto a nuestra plaza-hotel, había una biblioteca.  Y, ¡abría a las 8:30! La biblioteca estaba cálida y tenía una maquinita de café a 50 céntimos.  Una jovenzuela trabajaba en su Mac aprovechando el WIFI gratis. Rucos con facha de homeless usaban enormes audífonos y veían películas en televisiones.  Como yo estaba desvelada (y coja), agarré un comic de delincuentes catalanes que está de puta madre: Jazz y Maynard.  Después me dormí.  Gran biblioteca / centro cultural / lugar para dormir, snif.

A mediodía, cojeé hasta el hostal donde la dueña por fin nos dejó entrar a la habitación.  La Doña era todo un personaje: en sus sesentas, las carnes le saltaban de los pantalones, las axilas y la blusa que estaba apenas abrochada y enseñaba las chichotas bailando.  Tenía el rímel negro desparramado por los cachetes. Apestaba a sudor y alcohol.  Pero ella no se daba cuenta de su mal estado.  Gritaba y se comunicaba con los extranjeros a través de huéspedes/intérpretes a los que les ordenaba “dile que dile que”.  Sabía que era la dueña del lugar y por eso todos nos debíamos de aguantar.  Ruleaba la doña.

Ya con los chones limpios, fuimos a lo que nos truje: a tragar. Hoy veo las fotos y pienso que me quiero morir en San Sebastián. Que me encuentren tirada en la playa y la autopsia revele: envenenamiento por exceso de comida.

Plaza de la constitución

Con la sabiduría de mi viaje anterior, reservé un hostal en el centro viejo de la ciudad.  La parte más bonita, con sus calles angostas y libres de coches.  Donde 8 de cada 10 negocios, son lugares de pinxtos, la versión vasca (y mejorada) de las tapas.  Cada bar tiene sus propias recetas y personalidad.  De hongos apenas condimentados hasta gelatinas de foie-algo adornada con un caramelo de nosequé.  Los pintxos juegan con las combinaciones dulce/salado, fruta/pescado, huevo/carne, verdura/salsas. ¿El resultado? Un estómago retacado y oraciones al dios Baco para que permita comer más sin vomitar.

Conforme avanza el día, los bares se van llenando de gente.  Por la noche, la gente sale a las callesitas o terrazas y los decibeles van subiendo.  Como en toda España, pocos lugares tienen mesas y sillas.  Comes de pie, dos o tres tapas por lugar, tiras las servilletas al suelo y sales a buscar otro bar. (Tip: pidan cerveza pequeña de lo contrario, utilizarán su espacio vital con agua). Los donostiarras deben ser gente muy feliz.  Al menos, los que nos atendieron son encantadores.  Y cómo no ser feliz si se vive en una ciudad tan hermosa y obsesionada con la tragadera.

Me dio mucho gusto encontrar a San Sebastián tan encantador como lo recordaba. Y lo mejor fue que ahora tiene ciclo vía. La Wikipedia dice que se llama carribici o  bidegorri (camino rojo en euskera) lo cual lo hace aún más adorable.  Gracias al bidegorri pudimos recorrer la ciudad, cosa que hubiera sido imposible con mi pata inservible.

Como ya estoy vieja y soy pueblerina, de verdad me encantaría morirme en San Sebastián.  O al menos, vivir una temporada.  Conocer más de la cultura vasca, entender qué tanto de su idioma tiene que ver en su personalidad, si son tan mestizos como nosotros, acosar estrellas hollywoodenses en su festival… a quien engaño, sólo quiero comer pinxtos.




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