lunes, 4 de febrero de 2013

Íbamos para Chapala, pero terminamos en el parque metropolitano


Traía ganas de charales y micheladas. Chapala, pensé. Les comuniqué mis alcohólicas intenciones a mi familia y aceptaron acompañarnos.  Así que el domingo, muy temprano (12:30) salimos rumbo al jalisquillo lago. Viajar con una niña de un año y dos perros tiene su grado de histeria. Silla, correa, pañales, bolsas, platos, biberones, juguetes. Por eso digo que era temprano.

Ir a Chapala al menos una vez al año, o a alguno de los pueblitos que están en la ribera, es obligación de todo tapatío.  Hasta la virgensita de zapopan va.  Pero yo no soy tapatía de nacimiento, así que la primera vez que fui al charcote fue en mi cumpleaños número 12.  Mi abuelo estaba de visita.  Tomamos una lancha hasta la isla de los camarones.  Yo llevaba vestido.  Más o menos a esa edad dejé de usar vestidos de niña. Mi mamá me los mandaba hacer con una amiga de mi abuela.  Aquel vestido era rosa y tenía un olán en el cuello, por lo que en la foto de la lancha, el aire levantó el olán y sólo se me ve media cara.  Comimos en un restaurant frente a lago y mi abuelo pagó unas canciones de mariachi.

En tercero de secundaria, fui a un retiro espiritual a un rancho de las monjas que está en Jocotepec, uno de los pueblitos de la laguna. Mis papás no me querían dejar ir a ese "retiro", pero yo, más por ir con mis amigas que por piadosa, insistí.  Cedieron y soltaron la lana para el viaje. A las monjas les gustaba hacernos llorar en los retiros. No era difícil. Bastaba con que le echaran sal a la herida de una compañerita (la que acababa de perder a su papá) o hablar de lo agradecidas que debemos estar con dios (por tener todos los días que comer) o simplemente con que nos asustaran con el infierno, para que el llanto se hiciera contagioso y cincuenta niñas comenzaran a berrear.  Ya saben, la mañosa técnica de compartir un sentimiento para "encontrar a dios" y luego darnos dulce.  Esa vez fue nieve de garrafa.  Yo no sabía qué eran las nieves de garrafa de jocotepec.  Así que cuando mis compañeritas se  enteraron, me vieron como extraterrestre chilanga.  Pero como nos sentíamos muy unidas por habernos limpiado los mocos con el mismo kleenex, no me agredieron y decidieron guiarme por el camino de las nieves de joco: pide barquillo y de dos sabores. Desde entonces, la de coco es mi favorito. 

Asistí a una prepa donde algunos de mis compañeritos eran riquillos.  Tenían casa de fin de semana en algún punto de la ribera de Chapala.  Por eso, conocí Ajijic y San Juan Cosalá. Ajijic es más nais.  Casas enormes, casi todas pintadas en colores fuertes y con hartas plantas. Alberca, jardinsote y asador. Además es english spoken y pet freindly.  Ajijic es uno de los lugares donde los gringos jubilados vienen a morirse.  Se organizan en grupos para bailar, leer e incluso, montan obras de teatro.  Gracias a ellos, el valor inmobiliario de la zona es alto.  En San Juan Cosalá casi no hay gringos y las calles son más polvosas. De lo que más me acuerdo es de un pan dulce delicioso.

Después me fui a vivir a Querétaro y no volví a Chapala ni a sus pueblitos anexos.  Sólo escuchaba a mi mamá lamentarse de lo pinche que estaba el lago. Es tan triste que ni queremos ir, pero vamos porque es obligación de todo tapatío, me decía.  Hace poco me informó que las aguas del lago se habían recuperado y el malecón estaba saneado .  Pero lo que me convenció de ir, fue la mención de micheladas y charales.

Así que aparté una noche en un Bed and Breakfast regenteado por una pareja gringa y sus perros en Ajijic.  Durante todo el fin de semana, mi maridaje y yo nos dedicamos a fresear en restaurantes, a fornicar y a caminar por el malecón en búsqueda de la michelada perfecta.  Fue un bonito reencuentro con la laguna y firmé la paz con mi pasado chapaliano.  Por eso quería volver con mi sobrina e hijos.

Pero apenas tomamos la carretera a Chapala, la encontramos aperrada de tapatíos que decidieron ir a cumplir su obligación justo el mismo día que tenía antojo de charales.  Como mi papá es bastante desesperado, tomó el primer retorno, hicimos escala en el Oxxo y en las carnitas y terminamos en un picnic el parque metropolitano, lo cual no está tan mal porque el mentado parquesito rulea.

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